Mario Levrero (23 de enero de 1940, Montevideo - 30 de agosto de 2004,
Ibídem)
La mayor parte de su vida la pasó en su ciudad natal, con períodos
de residencia más o menos prolongados en otras ciudades uruguayas (Piriápolis,
Colonia), o en Buenos Aires, Rosario y Burdeos (Francia).
Se desempeñó como librero, fotógrafo, humorista, editor de
una revista de entretenimientos y, en sus últimos años, dirigió un taller
literario.
Historia sin retorno nº 2
Un perro, Campéon. Vivía solo con él y llegó a incomodarme.
Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco
de perseverancia y volví a casa.
En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé
entrar.
Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo
até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la
piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que
esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre).
Volvió algunos días después.
Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a
matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra
efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor
constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me
ataría más su ausencia que su presencia.
Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque
compacto que se alzaba antes mis ojos —unmbrío, imponente desconocido—;
resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que,
finalmente, me perdí.
El crucificado
Fue lo bastante astuto o estúpido como para deslizarse entre
nosotros sin hacerse notar, y cuando Eduardo lo advirtió tuvo que aceptarlo,
porque había una ley tácita de que las cosas debían permanecer o desenvolverse
así como estaban o transcurrían; si en cambio hubiera pedido permiso, sin duda
lo habríamos rechazado.
Tenía pocos dientes, era flaco y barbudo, muy sucio, la cara
amarronada, de transpiración grasienta, y el pelo enmarañado y largo. Un olor
mezcla de halitosis, sudor y orina. Llevaba un saco hecho jirones, demasiado
grande, y pantalones mugrientos y rotos. Lo que en él más llamaba la atención,
sobre todo al principio, era la posición de los brazos perpetuamente abiertos y
rígidos. Después se supo que tenía las manos clavadas a una madera y,
examinándolo más a fondo, descubrimos que la madera formaba parte de una cruz
(cubierta por el saco), rota a la altura de los riñones, y que terminaba cerca
de la nuca. Las heridas de las manos estaban cicatrizadas, una mezcla de sangre
seca y cabezas de clavos oxidados.
Al reconstruir la historia, imagino que alguien, y supongo
quién, le alcanzaría algo de comer; porque la posición de los brazos le impedía
pasar por el agujero que daba al comedor, y siempre estaba, por lógica, ausente
de nuestra mesa. Yo me inclino a pensar que en realidad no comía.
En ese entonces estábamos dispersos y desconectados, no se
llevaba ningún control ya sobre las acciones de nadie, y apenas Eduardo, de vez
en cuando, sacaba cuentas. Hablábamos poco, y el Crucificado no llegó a ser
tema. Sospecho que todos pensábamos en él, pero por algún motivo no lo
discutíamos. Don Pedro, el más ausente, siempre en babia o con su juego de
bolitas metálicas, fue el único que en un principio se le acercó, para
advertirle con voz un tanto admonitoria que tenía la bragueta desabrochada. El
Crucificado esbozó algo parecido a una sonrisa y le dijo que se fuera a la putísima
madre que lo recontramilparió, con lo cual el diálogo entre ellos quedó
definitivamente interrumpido.
Se mantenía al margen, con esa pose de espantapájaros, y más
de una vez pensé con maldad en sugerirle que cumpliera esa función en los
sembrados (que dicho sea de paso habíamos descuidado bastante; sólo la gorda se
ocupaba del riego, pero a esa altura ya no valía la pena).
De noche entraba al galpón, necesariamente de perfil por lo
estrecho de la puerta y le daba mucho trabajo tenderse para dormir. al fin me
decidí a ayudarlo en este menester, cosa que nunca me agradeció en forma
explícita, y no imagino cómo se levantaba por las mañanas, porque yo dormía
hasta mucho más tarde.
Era por todos sabido que el 1° de setiembre Emilia cumpliría
los quince, y se aceptaba sin discusión que sería desflorada por Eduardo, como
todas ellas. Después Eduardo se desinteresaba, y las muchachas pasaban, o no, a
formar alguna pareja más o menos estable con cualquiera del resto.
Emilia era la más deseable y desarrollada: sus 14 años y
nueve meses nos tenían enloquecidos. Ella, sin altanería coqueta, dejaba fluir
su indiferencia sobre nosotros, incluyendo a Eduardo.
Tenía el pelo negro mate, largo y lacio, un rostro ovalado
perfecto, ojos grandes y verdes, y un perfume natural especialmente turbador.
El 21 de julio, a la madrugada, me despertó el revuelo
infernal, inusual, del galpón. Cuando logré despejarme vi que estaban en la
etapa de fabricar los grandes objetos de madera. Habían encontrado a Emilia
montada encima del Crucificado, los dos desnudos. Ahora, a ellos los tenían
sujetos, por separado, con cables de antena de televisión. La gorda se ocupaba
de los discos, doña Eloísa, baldada como estaba, se había levantado gozosa a
preparar mate y tortas fritas, Eduardo dirigía las operaciones, un hervidero de
gente en actividad febril.
Finalizados los preparativos la gorda puso la Marsellesa, y
a ellos les desataron los cables y cargaron a Emilia con las dos cruces, porque
evidentemente el Crucificado no tenía cómo cargar la suya nueva. A mitad del
camino del cerro comenzó a insinuarse el amanecer. Era un cortejo nutrido y
silencioso, y yo iba a la cola y no pude ver bien lo que pasaba, pero era
evidente que les tiraban piedras y los escupían. Algunos transeúntes casuales
se sumaron al cortejo, otros siguieron de largo. Yo no estaba conforme con lo
que se hacía, pero no es justo que lo diga ahora; en ese momento me callé la
boca.
Trabajaron como negros para afirmar las cruces en la tierra,
en especial la de Emilia, que era en forma de X. A ella le ataron las muñecas y
los tobillos con alambre de cobre, a él simplemente le clavaron la madera de su
cruz rota sobre la nueva.
Los pusieron enfrentados, muy próximos entre sí, como a un
metro y medio o dos metros. Emilia tenía sangre seca en las piernas y
magullones en todo el cuerpo. El cuerpo del Crucificado era una mezcla
imposible de marcas viejas y nuevas, cicatrices y cardenales.
Los demás se sentaron sobre el pasto. Comían y escuchaban la
radio a transistores. Don Pedro jugaba con sus bolitas. Yo busqué la sombra de
un árbol cercano, y miraba el conjunto con mucha pena, y también
remordimientos.
Me quedé dormido. Cuando desperté era plena tarde. La escena
seguía incambiada. Me acerqué y vi que se miraban, el Crucificado y Emilia,
como hipnotizados, los ojos de uno en los ojos del otro. Emilia estaba más
linda que nunca, y sin embargo no me despertaba ningún deseo. Los otros se sentían
incómodos. De vez en cuando, sin ganas, proferían insultos o les tiraban
piedras o alguna porquería, pero ellos parecían no darse cuenta.
Alguien, luego, con un palo, le refregó al Crucificado una
esponja con vinagre por la boca. El Crucificado escupió y después dijo, con voz
clara y joven que no puedo borrar de mi memoria:
—La otra vez fue un error, me habían confundido, ahora está
bien.
Y ya nadie los sacó de mirarse uno a otro, y parecían hacer
el amor con la mirada, que se poseían mutuamente, y nadie se animaba ya a decir
o hacer nada, querían irse pero no podían, nos sentíamos mal.
Al caer la tarde Emilia había alcanzado el máximo posible de
belleza, y sonreía. El Crucificado parecía más nutrido, como si hubiera
engordado, y la sangre empezó a manar de sus viejas heridas de los clavos en
las manos y de las cicatrices que nunca habíamos notado en los pies; también,
por debajo del pelo, manaban hilitos rojos que le corrían por la frente y las
mejillas. El cielo se oscureció de golpe. El Crucificado volvió a hablar.
—Padre mío —dijo— por qué me has abandonado.
Y después rió.
La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo
el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.
Todos parecían muertos, todos habían quedado en las
posiciones en que estaban, la mayoría ridículas. Don Pedro con un dedo metido
en la caja de las bolitas.
Me acerqué a la cruz de Emilia y le desaté los pies y las
manos, con un trabajo enorme para que no se me cayera y se lastimara. Ella seguía
como hipnotizada, la sonrisa en los labios y con su nueva belleza que parecía
excederla, como un halo.
Sin querer tuve que manosearla un poco para sacarla de allí;
pensé que debería sentirme excitado, pero no era posible, era como si yo no
tuviera sexo. A pesar de mi tradicional haraganería la cargué en mis brazos,
como a una criatura, y la llevé a la casa. Fue un camino largo, penoso, que mil
veces quise abandonar por cansancio, y sin embargo no podía detenerme. Tenía
los brazos acalambrados y me dolía la cintura, transpiraba como un caballo. En
el galpón la deposité en la cama de Eduardo, que era la mejor, y después me
tiré en el suelo, en mi lugar de siempre.
Al otro día Emilia me despertó con un mate. Yo lo tomé,
todavía dormido, y después advertí que seguía desnuda y sonriente.
—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté cuando estuve más
despierto. Pensaba en el cadáver del Crucificado, en toda la gente momificada
allá, en el cerro. Ella se encogió de hombros y me respondió con voz
infinitamente dulce:
—Ya nada tiene importancia.
Hizo una pausa, y agregó:
—Espero un hijo. Nacerá dentro de tres días.
Noté, en efecto, que su vientre se había abultado en forma
notoria. Me asusté un poco.
—¿Busco un médico? —pregunté, y me contestó con la voz
clara, grave y joven del Crucificado.
—No tienes más nada que hacer aquí. Ve por el mundo y cuenta
lo que has visto.
Y me dio un beso en la boca.
Fui al casillero y saqué los guantes blancos y el pullover;
me los puse.
—Adiós —dije; y Emilia, sonriendo, me acompañó hasta la
puerta. Era una día primaveral y fresco, lleno de luz, hermoso. A los pocos
pasos me di vuelta y miré. Ella seguía en la puerta.
No me hizo adiós con la mano. Pero más tarde, en el camino,
descubrí que hacía jugar los dedos de mi mano derecha con el tallo de una rosa,
roja.
La Calle de los Mendigos
Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el
encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace
pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que
el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra
nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.
Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo;
compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a
llenar el tanque de disán.
Tampoco enciende, ahora.
En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el
desperfecto.
Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el
tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito
luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un
resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el
resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto
con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me
había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he
adelantado quitando estos tornillos.
Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el
que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa.
Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño
destornillador.
Tengo una colección de destornilladores, en total son
muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé
el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N° 2, o el N°
3.
Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que,
del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es
igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y
la ruedita con muescas; ésta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y
ya no la encuentro.
El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay
algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla.
Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término
atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en
el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo
los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro
conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no
puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo -a una
distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor-
la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un
tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos
de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte
exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.
Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un
leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un
pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es
aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica,
tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del
encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de
resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir
(no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de
resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.
Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí
que hay tornillos insospechados; pero el número uno es ya demasiado pequeño
para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el
ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y
aun el N° 7.
Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen
una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas
dentadas.
Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una
externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas
por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y
obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior
(y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o
menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el
encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño
-especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lógico; por ley,
el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que
su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por
ello, parecer más pesado.
Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido
(lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque
-muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente,
y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos
paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra
entera en el tanque.
A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a
armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la
curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa
averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme
cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de
ciertos encendedores.
No uso, ahora, destornillador, para investigar los
conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el
intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces
varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es más que el
principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que
corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en
apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.
Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los
conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo
al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas.
Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un
bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.
Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende
de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae
fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las
que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de
ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser
así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor.
Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de
resortes; me sigue llamando la atención el peso.
De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi
que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del
tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a
la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a
descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad,
se descomponga en cada uno de sus elementos.
Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales
vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura
cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última
estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas,
hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia,
quizás pudiera afirmar que es casi esférica.
Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo
a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme.
Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una
estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una
certeza, que ya no quepa en la habitación.
Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que
la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento
tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de
hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en
un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.
Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos,
diría «muelles»; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se
me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad
se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté
la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar
que me encuentro dentro de él.
«Debo regresar a buscar la linterna», pensé, y ya me
disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis
ojos. «Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré» -pienso y sigo
arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.
Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me
encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular
cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes
columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero
no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.
Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va
haciendo más intensa -quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de
una vela-; no logro aún localizar su fuente.
Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque
ligeramente encorvado.
Escucho gemidos.
«Es la calle de los mendigos» -pienso-, y doy vuelta la
esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas.
En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en
brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están
cerrados, las cortinas metálicas bajas.
«Debo buscar un bar que esté abierto» -pienso-. «Necesito
cigarrillos, y fósforos»
La máquina de pensar en Gladys
Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa,
para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al
fondo, estaba abierta -para que durante la noche se secara la camisa de
poliéster que me pondría al día siguiente-; cerré la puerta (para evitar
corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté,
la ventana estaba abierta y la dejé así -cerrando la persiana-; la lata de la
basura ya había sido sacada, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en
cero, la perilla del control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y
la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de
plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la
mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que
alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma
automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en
Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita
alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del
día escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una
colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se
ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador,
comprobando que la hora que indicaba, coincidía con el reloj pulsera en mi
muñeca; y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente
(porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me
acosté y apagué la luz.
Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado
me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las
almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con
los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.
Noveno Piso
UNO
—Noveno piso —digo al pequeño ascensorista. Tengo la mano
derecha metida en el bolsillo del saco. Con la izquierda me aliso
innecesariamente la solapa. “Le apuesto que no llega”. ¿Dijo realmente: “le apuesto
que no Ilega”? Lo miro a los ojos. Enarco las cejas.
—Ya verá —dice, realmente, en voz alta. La sonrisa
enigmática del muchacho (¿o es un enano?), me pone nervioso. El sabe algo que
yo ignoro. Yo, en cambio, debo saber seguramente muchas cosas que él ignora.
—Por ejemplo… —le digo, pero hemos llegado. Las puertas se
abren automáticamente. Miro el indicador: la aguja señala, recién, el primer
piso. Sube una mujer gorda, vestida de negro. Huele mal. Se ha echado perfume y
detecto una cantidad enorme de componentes, el perfume me resulta muy
desagradable y hay algunos de esos componentes que me provocan asociaciones de
ideas que no logro asir. Después entran otras personas, a las que no presto
atención: sólo un alfiler de corbata, sobre una corbata con mucho amarillo. El
alfiler tiene engarzada una piedra anaranjada opaca, y es esta piedra lo que
observo mientras sigo percibiendo el perfume asqueroso y trato de ubicar las
imágenes exactas correspondientes a las asociaciones de ideas que desata en mi
mente. Me esfuerzo en vano.
El chico ascensorista, o enano payasesco con ropas de
ascensorista que son demasiado grandes pare él, ha quedado oculto. Sospecho sin
embargo que conserva su sonrisa enigmática, y pienso otra vez en aquellas
palabras que creí escuchar. El sabe algo que yo ignoro, algo que me es vital.
Subimos. Después de mucho rato (qué lento es este ascensor,
Dios mío, qué calor sofocante) llegamos al segundo piso. Las puertas se abren,
entra más gente. Soy apretado contra el fondo del ascensor, ya definitivamente
separado del enano. Luego seguimos subiendo. Cierro los ojos y me dejo estar en
el efecto nauseabundo de la mezcla de sensaciones. No hay nada grato en este
ascensor. Quizás debiera haber subido por la escalera. Nueve pisos, es cierto;
pero en cambio… Tercer piso. Entran más. La subida se hace más lenta, más
lenta.. El aparato tiembla ligeramente y el piso cruje. Temo que el piso cede,
no debería cargar tanto este muchacho. Quisiera gritarle, al enano, que detenga
este viaje de locos. Que quiero llegar al noveno piso, como sea; que así, como
él bien había dicho antes, nunca llegaré, nunca llegaremos, nunca nadie llegará
a ninguna parte. Imagino la sonrisa.
DOS
El ascensor se sigue cargando; y en el sexto piso, casi en
un desmayo (estoy sofocado por el calor, mareado por el perfume, asqueado por
el contacto con tantos cuerpos), siento no que el piso cede, sino que caemos.
Probablemente se hayan roto los cables, por el peso, y ahora el ascensor cae,
vertiginosamente, con una velocidad que jamás habría alcanzado para subir. Ni
para bajar normalmente. Las mujeres gritan. Siento una risa que no puede
pertenecer a nadie más que al enano. Lo imagino, dentro de las limitaciones del
espacio, dando saltitos y palmeando de gozo. Creo escuchar su voz: “Le dije,
señor, que no llegaba”. Luego el estrépito final, la obscuridad, el griterío,
algunos ayes doloridos y más tarde silencio.
La caja del ascensor está deshecha, estoy en el sótano,
sobre una pila de cadáveres sanguinolentos. Todavía me llega el olor del
perfume de la mujer gorda. Tengo que salir de aquí. En la escasa luz que llega
al sótano, desde los pisos superiores, no me es dado ver aún casi nada; sólo
miembros hechos pulpa y un color rojo, de los cuerpos que tengo más cerca.
“Alguien vendrá a socorrerme”, pienso, pero no puedo esperar. Tengo que salir
de aquí en seguida; ella me espera, supongo.
TRES
Trepo por el enrejado de alambre que rodea el hueco del
ascensor. Es una prueba difícil. Apenas si caben las puntas de los zapatos en
los agujeros de la trama. Debí quitarme los zapatos; pero ahora es tarde pare
pensarlo. Todo el esfuerzo recae en los dedos de las manos, que comienzan a
dolerme: La gente que mira a través del enrejado me incite a soltarme.
¡Desdichados! No se les ocurre otra cosa que mirarme con lástima y mover la
cabeza negativamente. Otros (hay un hombre gordo, de bigotes, con un traje
impecable, que se toma muy serio su trabajo) me hacen indicaciones que
pretenden ser de ayuda, pero no las oigo o no las entiendo, y no hacen más que
debilitarme, desviar mi atención. Sólo puede sostenerme la voluntad de llegar:
no hay otra técnica,. Pero esto, ¿cómo puedo hacérselo entender? ¿Qué saben
ellos si alguien me espera en el noveno piso? Quizás tengan razón, y no me
espere nadie. Si estuviera seguro. De todos modos, aunque llegue al noveno
piso, no podré salir de esta especie de jaula. Tendré que seguir, llegar hasta
la azotea, y desde allí, tal vez, alcanzar la escalera y bajar hasta el noveno
piso. ¿Cuántos pisos tenía este edificio? Nunca lo supe. Alguna vez ella me lo
dijo, pero no presté la debida atención; uno nunca sabe cuándo un dato puede
tener una importancia vital. Sigo trepando y las manos ya comienzan a sangrar.
¿Ciento cincuenta pisos, había dicho? ¿Quince? ¿O el noveno era el último? Dios
quiera. Dios me perdone. Pero de todos modos no sé en qué piso estoy. Miro
hacia abajo y veo la masa gris y roja. Muy abajo. Debo estar en el sexto piso.
O tal vez sólo sea el quinto, o el cuarto. Quién me mandó trepar. Y quién me
puede asegurar que ella me aguarda en el noveno piso, o alguien, alguien en
alguna parte. Dios. Dios. Quisiera soltarme. Un niño come una banana mientras
me mira trepar. La madre le acaricia el pelo. Me señala; sin duda me pone por
ejemplo, me toma como un ejemplo negativo para su hijo. Que él nunca se vea en
una situación similar; estas cosas no deben hacerse. Eso pasa por… ¿por qué?
Miro hacia arriba, y no puedo darme cuenta de cuánto me
falta. Sólo veo un túnel de luz interminable, una masa de reflejos de luces en
el enrejado metálico.
CUATRO
La gente de las escaleras se ha vuelto más vieja y más
pobre, a medida que asciendo. El edificio mismo parece bastante deteriorado a
esa altura. Tengo la ventaja de que ya no me prestan atención; los viejos están
muy ocupados con sus propios dolores, con su propia angustia. Algunos mastican
en el aire, hacen chocar las encías vacías como si estuvieran comiendo o
hablando. Otros no son tan viejos, pero están muy enfermos. Todos, de cualquier
manera, huelen mal. No es un olor como el perfume de la gorda aquélla; es un olor
humano, humano y vegetal, olor de desperdicios y decrepitud. Pero el deterioro
me ha favorecido: la trama del enrejado está desgarrada, hay un agujero que me
permite pasar, sin necesidad de seguir trepando. Ya era hora. Saco
trabajosamente el cuerpo, a través del agujero. Me siento en un escalón. La
cabeza me da vueltas. La náusea está clavada aquí en el píloro. Tengo las manos
deshechas. Y un cansancio brutal, verdaderamente brutal. No sé cómo he podido
hacerlo: ahora me siento maravillado. Nunca había soñado con algo semejante.
Yo, trepando tantos pisos, tantos y tantos metros, por un enrejado que lastima
las manos, donde no entra más que, apenas, la punta del zapato. Me dejo ir.
Ruedo, dormido, varios escalones.
CINCO
—Antes —me informan— el noveno piso estaba entre el octavo y
el décimo; ahora, qué quiere que le diga. Se alejan, se han alejado mucho.
Le doy una moneda al viejo. Sigo subiendo. Ahora
cómodamente, por la escalera. A medida que subo me cruzo con gente que baja.
Ellos son también muy pobres, y después de un tiempo noto que bajan como si lo
hicieran en forma definitiva; que cargan con todas sus pertenencias, con atados
de ropa y colchones, con carretillas y cacharros, con animales domésticos.
Huyen lentamente. No están apurados, pero huyen, se van pare
siempre. Y no hay nadie que suba; sólo yo. Es que, tal vez, a nadie espera
nadie en los pisos de arriba; sólo ella, que me espera a mí, tal vez.
¿Y si ella no me espera? No; no puedo pensar en esto. No puedo
pensar que todo pierda, de pronto, sentido. Toda esta fatiga. Todo este dolor.
Apretar los dientes y seguir subiendo. Me cruzo con un perro ovejero, muy sucio
y viejo. Atrás viene el dueño, tan sucio y tan viejo como el perro.
De tanto en tanto se oye un ruido sordo y las paredes
tiemblan.
SEIS
—El señor no debió haber tardado tanto —la criada se llevó
una mano a la boca, con asombro y disgusto. Le tendí el sombrero y el bastón.
—¿Ella? —pregunté.
Inclinó la cabeza y me hizo pasar del vestíbulo a un largo
corredor. Un corredor muy largo, ciertamente. Hacia el final, en una pieza
iluminada en exceso con luz blanca, estaba ella. Vestía ropas blancas, amplias,
vaporosas. Ella, rubia y blanca.
Aguardo anhelante en el extremo del corredor mientras ella
se acerca despacio. Camina lentamente, y sus ropas se agitan levemente mientras
camina. Sí, es cierto. Se me ha hecho muy tarde. Este accidente lamentable.
Imprevisión homicida. Tú verás, sólo estoy vivo por casualidad, por una
tremenda casualidad. Déjame que lo explique…
Ella avanza lentamente, y la veo y la recuerdo al mismo
tiempo, superpongo imágenes. Ella me esperaba, ella se acerca. Enciende luces
en el corredor, tan largo, mientras se acerca. Anhelante, yo, en el extremo del
corredor, con la vida en suspenso. Todo este esfuerzo. Todo este trabajo. Todo
este dolor.
A medida que se acerca voy percibiendo más detalles; y a
medida que se acerca, noto que ha envejecido, que ha envejecido mucho; la noto
más vieja a cada instante, a cada peso que da para acercarse a mí. Superpongo
imágenes, y ella se va pareciendo cada vez menos al recuerdo. Es una mujer
vieja; es una mujer muy vieja.
—¿Por qué tardaste tanto? —ella tampoco tiene dientes; tiene
la piel arrugada, pegada a los huesos, y un maquillaje monstruoso que se va
descascarando ante mi vista, que se va deshaciendo.
Por el corredor, ahora lo advierto, viene más gente. Llevan
paquetes, colchones, carretillas, animales domésticos, cacharros. Un niño
deforme —¿o es un enano, con ropas grandes?— lleva puesto mi sombrero y hace
girar, con torpeza, mi bastón. Nos apartan del corredor, nos empujan hacia un
rincón del vestíbulo, mientras siguen pasando.
Viene la criada con un gran armario, que apenas puede
cargar. La criada se detiene en el vestíbulo, a tomar aliento. Coloca el
armario de tal forma que su gran espejo queda ante nosotros. Me veo reflejado;
nos veo, a ella y a mí: somos dos viejos, ridículos y desdentados. Somos muy
pobres: ahora noto que mis ropas están hechas jirones, y también sus sedas y
tules blancos. A través de un agujero en la tela de una de sus mangas amplias y
vaporosas, veo un trozo de piel grisácea.
Se oyen ruidos sordos, cada vez más frecuentes, y la
construcción toda se sacude cada vez con mayor violencia. La criada se apresura
a cargar nuevamente su armario, y sale.
SIETE
—Se me hizo tarde —explico, mirando obsesivamente el reloj.
La cita era para las cuatro. Son las cinco. Se me ha hecho tarde, demasiado
tarde. Nos abrazamos. Su cuerpo entre mis brazos es como un esqueleto. Su boca,
una mancha seca. Los golpes de la demolición arrecian. Las paredes se rajan.
—Se me hizo tarde —repito.
—No importa —dice ella, e intenta sonreír. Pero tiene una
arcada, y un vómito negro, se vomita a sí misma, la vida entera, cae blanda y
deshecha, cae podrida y líquida, tiñendo de marrón y rosado su vestido blanco.
Yo avanzo a tientas por el corredor; las luces se han
apagado, el edificio cruje y se dobla, se abren boquetes y caen trozos de cielo
raso. En su cuarto hay un gran espejo, que es lo que yo busco; y a la luz de la
Ilama de mi encendedor contemplo mis ojos, que no han variado, contemplo
asombrado mis ojos de niño, mis ojos de siempre, mis ojos nacidos para este
asombro, para este momento, contemplo mis ojos y ya no trato de comprender,
mientras el edificio comienza a desplomarse mientras la Ilama del encendedor se
apaga.