" Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un
miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo
al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en
perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una
fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos
a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión
muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa,
sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la
sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad,
que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de
entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero
que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición
vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. Localizado
probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro
y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos,
lejanas imágenes de miembros nunca en su sitio. La suerte de ruptura interna de
la correspondencia de todos los nervios. Un vértigo en movimiento, una especie
de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor que
encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor
nunca quietas. Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de
los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se
petrifican, una cabeza hollada por caballos. Ahora tendría que hablar de la
descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece
multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en
nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instántanea de las
cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino
como un orden sentimental, afectivo. Que ya no se hace: las cosas no tienen ya
olor, no tienen sexo. Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de
aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del
cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo
aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu.
"
martes, 4 de septiembre de 2012
miércoles, 29 de agosto de 2012
Civilizar, la nueva conciencia planetaria - Edgar Morin
Tomado de Tierra Patria (1993) y Mis Demonios (1995)
EDGAR MORIN
Nuestro universo es catastrófico desde el principio. Desde
la formidable deflagración que lo hizo nacer, está dominado por las fuerzas de
dislocaciones, desintegraciones, colisiones, explosiones, destrucción. Se
constituyó en y por el genocidio de la anti-materia por la materia, y su
terrorífica aventura prosigue entre devastaciones, carnicerías e inauditas
dilapidaciones. El final es implacable.Todo morirá.
En este espantoso desastre aparecieron unas débiles fuerzas
de asociación y agregación que aprovecharon innumerables encuentros a lo largo
de aquel batiburrillo para unir las partículas en núcleos, luego astros y
átomos. Pero los miles de millones de galaxias sólo constituyen unas minorías
aisladas y perdidas en un desorden y un vacío inconmensurables.
Nacida en un minúsculo planeta en el seno de una extremada
violencia de tempestades, erupciones y temblores de tierra, la vida, fruto de
asociaciones entre miríadas de macromoléculas, lucha cruelmente contra la
crueldad del mundo y resiste con crueldad la crueldad de la vida.
Todos los vivos son arrojados a la vida sin haberlo
solicitado, están condenados a la muerte sin haberlo deseado. Viven entre nada
y nada, la nada de antes, la nada de después, rodeados también de nada. No son
sólo los individuos quienes están perdidos sino, antes o después, toda la
humanidad y, luego, los últimos vestigios de vida, la Tierra más tarde.
No hay salvación en el sentido de las religiones de
salvación que prometen la inmortalidad personal. No hay salvación terrestre,
como prometió la religión comunista. Hay que renunciar radical y
definitivamente a esta salvación. Debemos incluso renunciar a las promesas
infinitas. El humanismo occidental nos destinaba a la conquista de la
naturaleza, al infinito. La ley del progreso nos decía que éste iba a proseguir
hasta el infinito. No había límites para el crecimiento económico, no había
límites para la inteligencia humana, no había límites para la razón. El hombre
se había convertido, por sí mismo, en su propio infinito. Hoy podemos rechazar
estos falsos infinitos y tomar conciencia de nuestra irremediable finitud.
El verdadero infinito está más allá de la razón, de la
inteligibilidad, de los poderes del hombre. ¿Tal vez nos atraviesa de parte a
parte, totalmente invisible, y sólo se deja presentir por la poesía y la
música?
Debemos comprender que la existencia en el mundo físico (y
la del propio mundo físico) se paga a un inaudito precio de degradación, de
pérdida, de ruina, que la existencia viva se paga a un inaudito precio de
sufrimiento, que cualquier gozo, cualquier felicidad humanos se hacen y se
harán pagar con la degradación, la pérdida, la ruina y el sufrimiento.
Todo ser viviente mata y come seres vivientes. Los propios
vegetales se alimentan de sales minerales surgidas de los residuos cadavéricos.
Cualquier ciclo ecológico de vida es, al mismo tiempo, un ciclo de muerte. Este
ciclo de muerte es, al mismo tiempo, un ciclo de solidaridad. Ese ciclo de
solidaridad es, al mismo tiempo, un ciclo de destrucción. Las especies luchan
contra la muerte, unas, insectos y peces, multiplicando sus huevos, otras,
pájaros y mamíferos, protegiendo su progenie.
Sin estas débiles fuerzas de resistencia a la crueldad no
habría vida. Sin estas débiles fuerzas sólo habría desolación. Pero sin la
integración de la crueldad por la vida tampoco habría vida. La crueldad es
constitutiva del universo, es el precio que debe pagarse por la gran
solidaridad de la
biosfera, no puede eliminarse de la vida humana. Hemos
nacido en la crueldad del mundo y de la
vida, a la que le hemos añadido la crueldad del ser humano y
la crueldad de la sociedad humana.
Los recién nacidos nacen aullando de dolor. Los animales
dotados de sistema nervioso sufren.Tal vez también los vegetales, pero son los
humanos quienes han adquirido las mayores aptitudes para el sufrimiento al
adquirir las mayores aptitudes para el goce. La crueldad del mundo es
experimentada más viva y violentamente por las criaturas de carne, de alma y de
espíritu, que pueden sufrir y que, por el espíritu, pueden concebir la crueldad
del mundo y horrorizarse frente a él.
La crueldad en las relaciones entre humanos, individuos,
grupos, etnias, religiones, razas, es terrorífica. El ser humano contiene en su
seno un hormiguero de monstruos que libera en cualquier ocasión favorable. El
odio estalla por una nadería, un olvido, la suerte del otro, un favor del que
nos creemos privados. El odio abstracto por una idea o una religión se
convierte en odio concreto por un individuo o un grupo. El odio demente se
desencadena por un error de percepción o de interpretación.
El egoísmo, el desprecio, la indiferencia, la falta de
atención agravan por todas partes, y sin cesar, la crueldad del mundo humano.
Y, en los subsuelos de las sociedades civilizadas se tortura animales para el
matadero o la experimentación. El exceso de crueldad alimenta consigo mismo,
por saturación, la indiferencia y la falta de atención, y por lo demás nadie
podría soportar vivir si no mantuviera en sí un callo de indiferencia.
El aumento de la dependencia del dinero, de la
independencia por el dinero, y del poder del dinero generaliza y amplía las
implacables avideces. La técnica y la burocracia propagan una inhumanidad
gélida, mecánica, que desintegra con sus cuantificaciones las realidades
vividas por los seres de carne, de sangre y de alma. La especialización y la
compartimentación destruyen el sentido de la responsabilidad. Así se aumenta la
crueldad por indiferencia, falta de atención y ceguera.
Cada vez habrá más fuentes de angustia, y cada vez habrá
más necesidad de participación, de fervor, de fraternidad, los únicos que
saben, no aniquilar, sino rechazar la angustia. El amor es el
antídoto, la réplica no la respuesta a la angustia. Es la
experiencia fundamentalmente positiva del
ser humano, donde la comunión, la exaltación de sí, del
otro, son elevadas hasta su mejor nivel,
cuando no están alteradas por la posesividad. ¿No podríamos
descongelar la enorme cantidad de
amor petrificado en religiones y abstracciones, dedicarlo no
ya a lo inmortal sino a lo mortal? Pero, incluso en ese caso, la perdición
permanecerá inscrita en nuestro destino.
Esta es la mala nueva: estamos perdidos, irremediablemente
perdidos. Si hay un evangelio, es decir una buena nueva, debe partir de la
mala: estamos perdidos y sin embargo tenemos techo, casa, patria: el pequeño
planeta donde la vida levantó su jardín, donde los humanos levantaron su hogar,
donde la humanidad debe reconocer ya su casa común.
No hay salvación si la palabra significa escapar a la
perdición. Pero si la salvación significa evitar lo peor, hallar lo mejor
posible, entonces nuestra salvación personal está en la conciencia, en el amor
y en la fraternidad, nuestra salvación colectiva es evitar el desastre de una
muerte prematura de la humanidad y convertir la Tierra , perdida en el
cosmos, en nuestro «puerto de salvación».
No es la
Tierra prometida, no es el paraíso terrenal. Es nuestra
patria, el lugar de nuestra comunidad de destino de vida y muerte terrenas.
Debemos cultivar nuestro jardín terrestre, lo que significa civilizar la Tierra.
¿Civilizar la
Tierra ? ¿Pasar de la especie humana a la humanidad? ¿Pero qué
esperar del Homo sapiens demens? ¿Cómo ocultar el gigantesco y terrorífico
problema de las carencias del ser humano? En todo tiempo, por todas partes,
dominación y explotación han predominado sobre la
ayuda mutua y la solidaridad; en todo tiempo, por todas
partes, el odio y el desprecio han predominado sobre la amistad y la
comprensión, por todas partes las religiones de amor y las ideologías de
fraternidad han aportado más odio e incomprensión que amor y fraternidad.
Debemos superar la repulsión ante lo que no se adecua a
nuestras normas y tabúes, y superar la enemistad contra el extranjero, sobre el
que proyectamos nuestros temores a lo desconocido y lo extraño. Ello exige un
esfuerzo recíproco procedente de ese extranjero, pero hay que comenzar por
comenzar...
Las únicas resistencias están en las fuerzas de
cooperación, comunicación, comprensión, amistad, comunidad, amor, siempre que
estén acompañadas por la perspicacia y la inteligencia, cuya ausencia puede,
por el contrario, favorecer las fuerzas de la crueldad... Son siempre las más
débiles, pero gracias a ellas hay sociedades vivibles, familias amantes,
amistades, amores, abnegaciones, caridades, compasiones, entusiasmos y, gracias
a ellas, de caos en tumbo, de tumbo en caos, el mundo funciona, caín-sinamente
sin verse total y permanentemente sumergido por la barbarie. Estas virtudes
comportan en sí mismas crueldad para quien les es exterior, antagonista o
simplemente indiferente, pero son ellas las que hacen vivible la vida, no
deseable la muerte; son ellas las que, en el nivel de los humanos, mantienen lo
que hay de más precioso y que, al mismo tiempo, es lo más mortal y amenazado, y
el amor por encima de todo.
Estas débiles fuerzas son las que nos permiten creer en la
vida, y la vida lo que nos permite creer en estas débiles fuerzas. Sin ellas,
sólo habría el horror de la pura coerción, de la destrucción en masa, de la
desintegración generalizada. La peor crueldad del mundo y lo mejor de la bondad
del mundo están en el hombre. Debemos tomar conciencia, correlativamente, de la
perdición terrestre y de la crueldad del mundo. De este modo, el evangelio de
la perdición comporta la ética de la solidaridad que es, a su vez, ética de la
resistencia a la inmensa crueldad del mundo.
Debemos resistirnos a lo que separa, a lo que desintegra, a
lo que aleja, sabiendo que la separación, la desintegración, el alejamiento
ganarán la partida. La resistencia es lo que acude en ayuda de esas débiles
fuerzas, es lo que defiende lo frágil, lo perecedero, lo hermoso, lo auténtico,
el alma. Es lo que puede abrir una brecha en el plexiglás de la indiferencia
para, de sonrisa en sonrisa, consolar los llantos. Sonreír, reír, bromear,
jugar, acariciar, abrazar es también resistir.
Resistir, resistir primero a nosotros mismos, nuestra
indiferencia y nuestra falta de atención, nuestro cansancio y nuestro
desaliento, nuestros malos impulsos y mezquinas obsesiones. Resistir
por/para/con amistad, caridad, piedad, compasión, ternura, bondad. La resistencia
a la crueldad del mundo debe intentar mantener la unión en la separación, atar
lo que es libre dejándolo libre, provocar el arrepentimiento concediendo el
perdón.
La aventura sigue siendo desconocida. Tal vez la era
planetaria se hunda antes de haber podido florecer. Tal vez la agonía de la
humanidad sólo produzca muerte y ruinas. Pero lo peor no es seguro todavía, no
todo está todavía decidido. Sin que exista por ello certidumbre, ni siquiera
probabilidad, hay posibilidad de un porvenir mejor.
La tarea es inmensa e incierta. No podemos sustraernos a la
desesperanza, ni a la esperanza. La misión y la dimisión son igualmente
imposibles. Debemos armarnos de una «ardiente paciencia».
Estamos en vísperas, no de la lucha final, sino de la lucha
inicial.
Proseguir el esfuerzo cósmico desesperado que, en el
humano, toma la forma de una resistencia a la crueldad del mundo es lo que yo
denominaría esperanza.
martes, 28 de agosto de 2012
El Vestido Blanco - Felisberto Hernández
I
Yo estaba del lado de afuera del balcón. Del lado de
adentro, estaban abiertas las dos hojas de la ventana y coincidían muy enfrente
una de otra. Marisa estaba parada con la espalda casi tocando una de las hojas.
Pero quedó poco en esta posición porque la llamaron de adentro. Al poco Marisa
salía, no sentí el vacío de ella en la ventana. Al contrario. Sentí como que
las hojas se habían estado mirando frente a frente y que ella había estado de
más. Ella había interrumpido ese espacio simétrico llena de una cosa fija que
resultaba de mirarse las dos hojas.
II
Al poco tiempo yo ya había descubierto lo más primordial y
casi lo único en el sentido de las dos hojas: las posiciones, el placer de las
posiciones determinadas y el dolor de violarlas. Las posiciones de placer eran
solamente dos: cuando las hojas estaban enfrentadas simétricamente y se miraban
fijo, y cuando estaban totalmente cerradas y estaban juntas. Si algunas veces
Marisa echaba las hojas para atrás y pasaban el límite de enfrentarse, yo no
podía dejar de tener los músculos en tensión. En ese momento creía contribuir
con mi fuerza a que se cerraran lo suficiente hasta quedar en una de las
posiciones de placer: una frente a la otra. De lo contrario me parecía que con
el tiempo se les sumaría un odio silencioso y fijo del cual nuestra conciencia
no sospechaba el resultado.
III
Los momentos más terribles y violadores de una de las
posiciones de placer, ocurrían algunas noches al despedirnos.
Ella amagaba a cerrar las ventanas y nunca terminaba de
cerrarlas. Ignoraba esa violenta necesidad física que tenían las ventanas de
estar juntas ya, pronto, cuanto antes.
En el espacio oscuro que aún quedaba entre las hojas,
calzaba justo la cabeza de Marisa. En la cara había una cosa inconsciente e
ingenua que sonreía en la demora de despedirse. Y eso no sabía nada de esa otra
cosa dura y amenazantemente imprecisa que había en la demora de cerrarse.
IV
Una noche estaba contentísimo porque entré a visitar a
Marisa. Ella me invitó a ir al balcón. Pero tuvimos que pasar por el espacio
entre esos lacayos de ventanas. Y no sabía qué pensar de esa insistente
etiqueta escuálida. Parecía que pensarían algo antes de nosotros pasar y algo
después de pasar. Pasamos. Al rato de estar conversando y que se me había
distraído el asunto de las ventanas, sentí que me tocaban en la espalda muy
despacito y como si me quisieran hipnotizar. Y al darme vuelta me encontré con
las ventanas en la cara. Sentí que nos habían sepultado entre el balcón y
ellas. Pensé en saltar el bacón y sacar a Marisa de allí.
V
Una mañana estaba contentísimo porque nos habíamos casado.
Pero cuando Marisa fue a abrir un roperito de dos hojas sentí el mismo problema
de las ventanas, de la abertura que sobraba. Una noche Marisa estaba fuera de
la casa. Fui a sacar algo del roperito y en el momento de abrirlo me sentí
horriblemente actor en el asunto de las hojas. Pero lo abrí. Sin querer me
quedé quieto un rato. La cabeza también se me quedó quieta igual que las cosas
que habían en el ropero, y que un vestido blanco de Marisa que parecía Marisa
sin cabeza, ni brazos, ni piernas.
lunes, 27 de agosto de 2012
Roberto Juarroz - Poesía Vertical (fragmentos)
Graduado en la Facultad de Filosofía y Letras y en Ciencias de la información por la Universidad de Buenos Aires y becario de la misma, amplió estudios en La Sorbona. Fue después profesor titular de la Universidad de Buenos Aires y dirigió el Departamento de Bibliotecología y Documentación de la misma entre 1971 y 1984. En esta universidad ejerció la docencia durante treinta años. Marchó al exilio con el advenimiento del general Perón. Trabajó como bibliotecólogo para la Unesco y la OEA en diversos países y entre 1958 y1965 dirigió veinte números de la revista Poesía = Poesía junto con Mario Morales. Colaboró en numerosas publicaciones argentinas y extranjeras y fue crítico bibliográfico del diario La Gaceta de Tucumán (1958-63), crítico cinematográfico de la revista Esto es (Buenos Aires, 1956-58) y traductor de varios libros de poesía extranjera, en especial de Antonin Artaud.
Su poesía ha sido muy estudiada y vertida a una gran cantidad de lenguas. Desde junio de 1984 fue miembro numerario de laAcademia Argentina de Letras. Recibió varios premios, el Gran premio de honor de poesía de la Fundación Argentina de Buenos Aires, el Esteban Echeverría de 1984, el "Jean Malrieu" de Marsella en mayo de 1992, y el premio de la "Bienal Internacional de Poesía", enLieja, Bélgica, en septiembre de 1992.
23 – IX
No hay tiempo.
Ya no hay tiempo.
Pero, ¿alguna vez hubo tiempo?
La ilusión de la vida por delante,
se conjuga con el verbo
de la vida por detrás.
Y todo transcurrir no es más que un punto,
quizá un punto extensible
o el revés de ese punto,
porque el tiempo es puntual.
Un punto que a veces se desliza levemente,
como una gota de asombro de la luz
o un inesperado corpúsculo de sombra,
tan sólo para justificar algo parecido a un nivel
en el barómetro casi fijo
que mide la presión imposible de la vida.
O tal vez simplemente
la presión diagonal de lo imposible.
15 - XII
Buscar una cosa
es siempre encontrar otra.
Así, para hallar algo,
hay que buscar lo que no es.
Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,
buscar el amor para hallar el exilio,
buscar la nada para descubrir un hombre,
ir hacia atrás para ir hacia delante.
La clave del camino,
más que en sus bifurcaciones,
su sospechoso comienzo
o su dudoso final,
está en el cáustico humor
de su doble sentido.
Siempre se llega,
pero a otra parte.
Todo pasa.
Pero a la inversa.
17 - III
Detener la palabra
un segundo antes del labio,
un segundo antes de la voracidad compartida,
un segundo antes del corazón del otro,
para que haya por lo menos un pájaro
que pueda prescindir de todo nido.
El destino es de aire.
Las brújulas señalan uno solo de sus hilos,
pero la ausencia necesita otros
para que las cosas sean
su destino de aire.
La palabra es el único pájaro
que puede ser igual a su ausencia.
17 -I
Hay que caer y no se puede elegir dónde.
Pero hay cierta forma del viento en los cabellos,
cierta pausa del golpe,
cierta esquina del brazo
que podemos torcer mientras caemos.
Es tan sólo el extremo de un signo,
la punta sin pensar de un pensamiento.
Pero basta para evitar el fondo avaro de unas manos
y la miseria azul de un Dios desierto.
Se trata de doblar algo más que una coma
en un texto que no podemos corregir.
11 – V
El ojo traza en el techo blanco
una pequeña raya negra.
El techo asume la ilusión del ojo
y se vuelve negro.
La raya se borra entonces
y el ojo se cierra.
Así nace la soledad.
8 - X
Pensar es una incomprensible insistencia,
algo así como alargar el perfume de la rosa
o perforar agujeros de luz
en un costado de tiniebla.
Y es también trasbordar algo
en insensata maniobra
desde un barco inconmoviblemente hundido
a una navegación sin barco.
Pensar es insistir
en una soledad sin retorno.
2 - III
El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.
Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.
4 - III
Si uno no es igual a su despertar,
si el despertar lo excede
o es menor que uno,
¿quién ocupa la diferencia?
Y si uno no es igual tampoco a su dormir,
¿adónde se queda su costado despierto
o qué otra cosa se duerme con uno?
El signo igual parece a veces
la duplicación ensimismada
del menos.
9 -I
Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.
Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.
Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.
16 -II
El centro no es un punto.
Si lo fuera, resultaría fácil acertarlo.
No es ni siquiera la reducción de un punto a su infinito.
El centro es una ausencia,
de punto, de infinito y aun de ausencia
y sólo se acierta con ausencia.
Mírame después que te hayas ido,
aunque yo esté recién cuando me vaya.
Ahora el centro me ha enseñado a no estar,
pero más tarde el centro estará aquí.
73 - II
Lo enterraremos todo,
los brazos, el movimiento y la pala,
la pasión de los viernes,
la bandera de andar solos,
la pobreza, esa deuda,
la riqueza, esa otra.
Lo enterraremos hasta con sabiduría,
cortando sabiamente los terrones,
o cortándolos sin darnos cuenta, sabiamente.
Un resto de mirada
quedará flotando como un pincel absurdo
sobre la tregua doblemente fiel de todo ausente.
Y menos mal que no habrá nadie
para escarbar luego bien hondo
y descubrir que no hay nada enterrado.
48 - III
Un caos lúcido,
un caos de ventanas abiertas.
Una confusión de vértigos claros
donde la incandescencia se construye
con el movimiento total de la ruptura.
Viajar por las líneas
que se quiebran a cada instante
y rodar como un émbolo sin guía
hacia los núcleos aleatorios
de las cancelaciones primigenias.
Tocar las vértebras sin eje,
los círculos sin centro,
las particiones sin unidad,
los choques sin contacto,
las caídas sin escuadra,
los pensamientos sin quien piense,
los hombres sin más rostro que su dolor.
Y recoger allí la ley de lo casual,
la norma de lo imposible:
cada forma es un borde cortante del caos,
un ángulo perplejo de sus ojos abiertos,
los únicos abiertos.
Porque el caos es la tregua de la nada,
la lucidez sin compromiso,
la intersección aguda
de un espacio sin interés por los objetos
y de un tiempo pensante.
38 - V
Menos que el circo ajado de tus sueños
y que el signo ya roto entre tus manos.
Menos que el lomo absorto de tus libros
y que el libro escondido
de páginas en blanco.
Menos que los amores que tuviste
y que el tizne que alarga los amores.
Menos que el dios que alguna vez fue ausencia
y hoy ni siquiera es ausencia.
Menos que el cielo que no tiene estrellas,
menos que el canto que perdió la música,
menos que el ojo seco de los muertos,
menos que el humo que olvidó su aire.
Y ya en la zona del más puro menos
colocar todavía un signo menos
y empezar hacia atrás a unir de nuevo
la primera palabra,
a unir su forma de contacto oscuro,
su forma anterior a sus letras,
la vértebra inicial del verbo oblicuo
donde se funda el tiempo transparente
del firme aprendizaje de la nada.
Y tener buen cuidado
de no errar otra vez el camino
y aprender nuevamente
la farsa de ser algo.
7 - VI
¿Cómo amar lo imperfecto,
si escuchamos a través de las cosas
cómo nos llama lo perfecto?
¿Cómo alcanzar a seguir
en la caída o en el fracaso de las cosas
la huella de lo que no cae ni fracasa?
Quizá debemos aprender que lo imperfecto
es otra forma de la perfección:
la forma que la perfección asume
para poder ser amada.
19 - VI
Algunos de nuestros gritos
se detienen junto a nosotros
y nos miran fijamente
como si quisieran consolarnos de ellos mismos.
Algunas palabras que hemos dicho
regresan y se paran a nuestro lado
como si quisieran convencernos
de que llegaron a alguna otra parte.
Algunos de nuestros silencios
toman la forma de una mujer que nos abraza
como si quisieran secarnos
el sudor de las ternura solitarias.
Algunas de nuestras miradas
retornan para comprobarse en nosotros
o quizá para permitir que nos miremos desde enfrente
como si quisieran demostrarnos
que lo que nos ocurre
es una copia de lo que no nos ocurre.
Hay momentos y hasta quizá una edad de nuestra imagen
en que todo cuanto sale de ella
vuelve como un espejo a confirmarla
en la propia constancia de sus líneas.
Así se va integrando
nuestro pueblo más secreto.
13 - VIII
El centro del amor
no siempre coincide
con el centro de la vida.
Ambos centros
se buscan entonces
como dos animales atribulados.
Pero casi nunca se encuentran,
porque la clave de la coincidencia es otra:
nacer juntos.
Nacer juntos,
como debieran nacer y morir
todos los amantes.
26 – VI
La campana está llena de viento,
aunque no suene.
El pájaro está lleno de vuelo,
aunque esté quieto.
El cielo está lleno de nubes,
aunque esté solo.
La palabra está llena de voz,
aunque nadie la diga.
Toda cosa está hecha de fugas,
aunque no haya caminos.
Todas la cosas huyen
hacia su presencia.
14 - IX
También el infinito
Tiene un derecho y un revés.
Los dioses siempre están al derecho,
Aunque a veces se acuerden quizá del otro lado.
El hombre siempre está al revés
y no puede acordarse de otra parte.
Pero también el infinito
suele dar vueltas en el aire como una moneda,
que no sabemos quien arroja
con sus giros de sarcásticas guiñadas.
Y así cambian a veces los papeles,
pero no seguramente la memoria.
El hombre es el revés del infinito,
aunque el azar lo traslade un instante al otro lado.
(para Michel Camus y Claire Tiévant)
129 - IX
Somos el borrador de un texto
que nunca será pasado en limpio.
Con palabras tachadas,
repetidas,
mal escritas
y hasta con faltas de ortografía.
Con palabras que esperan,
como todas las palabras esperan,
pero aquí abandonadas,
doblemente abandonadas
entre márgenes prolijos y yertos.
Bastaría, sin embargo, que este tosco borrador
fuera leído una sola vez en voz alta,
para que ya no esperásemos más
ningún texto definitivo.
1 – XI (parte II)
No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro
(para Jean Paul Neveu)
7 - IV
Toda nomenclatura es triste.
Huele a campos tapiados,
a cadenas de lúgubres adioses,
a pisadas que aplastan,
a papeles manchados,
a descarnadas corrosiones.
Aunque se enumeraran ángeles,
aunque se encolumnaran rosas,
aunque se indizaran amores.
Toda nomenclatura traba
la azul enredadera
cuyos brotes demuestran
que el silencio es un verbo.
Toda nomenclatura atrasa
el reloj sin cuadrante
del ritmo que es la vida.
76 - XIV
Vivir es estar en infracción.
A una ley o a otra.
No hay más alternativas:
no infringir nada es estar muerto.
La realidad es infracción.
La irrealidad también lo es.
Y entre ambas fluye un río de espejos
que no figuran en ningún mapa.
En ese río todas las leyes se disuelven,
todo infractor se vuelve otro espejo.
92 – XIV
Donde siempre hubo una espera
ya no hay nada:
mi perro me ha enseñado a morir.
Nunca escribí su nombre.
hoy tampoco lo escribo.
Él no podía decirlo
y lo borró con él.
La lámpara apagada
tiene una claridad
que redime el engaño
del azar de encenderse.
¿Adónde llega todo
si nada lo recibe?
Casi sin darme cuenta
he encendido una luz
sobre el foso cubierto
mientras un hueco nuevo
que apenas se nota
muerde algo más el sueño
de creer que vivimos.
6 - XII
Hay fragmentos de palabras
adentro de todas las cosas,
como restos de una antigua siembra.
Para poder hallarlos
es preciso recuperar el balbuceo
del comienzo o el fin.
Y desde el olvido de los nombres
aprender otra vez a deletrear las palabras,
pero desde atrás de las letras.
Quizá descubramos entonces
que no es necesario completar esos fragmentos,
porque cada uno es una palabra entera,
una palabra de un lenguaje olvidado.
Y hasta es posible que encontremos en cada cosa
un texto completo,
un reservado y protegido texto
que no es preciso leer para entender.
113 - XIV
Las respuestas se han acabado.
Quizá nunca existieron
y sólo eran espejos
enfrentados al vacío.
Pero ahora también las preguntas se han acabado.
Los espejos se han roto,
hasta los que no reflejaban nada.
Y no hay modo de rehacerlos.
Sin embargo,
tal vez quede en alguna parte una pregunta.
El silencio es también una pregunta.
Resta un espejo que no puede romperse
porque no se enfrenta a nada,
porque está dentro de todo.
Hemos encontrado una pregunta.
¿Será el silencio también una respuesta?
Quizá a determinada altura
las preguntas y las respuestas son exactamente iguales.
Oliverio Girondo - 16 de "Espantapájaros"
16
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
Stefan Zweig - Mater Dolorosa
Hola a todos!
Este texto que leí hace poco forma parte de un libro que
encontré de casualidad en la biblioteca de mi abuela, se titula "El arcano
de la creación artística" de Stefan Zweig. El libro es interesante, un
compendio de "Curiosidades", podríamos decirlo, aunque no es tan así,
sobre grandes mentes (entre ellas Freud, Tolstoi, Proust, etc).
Mi idea es ir trayendo algunos de estos textos de a poco. Este
que les presento me atrapó mucho, trata sobre la historia y los sacrificios de
la madre de Nietzche al cuidado de éste cuando el estado de salud mental del
filósofo ya estaba bastante deteriorado.
En fin. Que lo disfruten!!
MATER DOLOROSA
STEFAN ZWEIG
Las cartas de la madre de Nietzsche a Over-beck.1937.
Esta mujer es realmente inagotable en su paciencia... y aquí
hace falta esa paciencia que sólo puede tener una madre.
PETER GAST, 1890
Una tranquila y esbelta viuda de pastor en Naumburg; viste
siempre de negro, va siempre sola y a menudo a la iglesia, la piadosa y sufrida
mujer.La vida no fue buena con ella. Su esposo murió temprano; la hija única,
la delicada y alegre Isabel, la abandonó, emigrando al Paraguay con un extraño
silvicultor visionario; y su hijo predilecto, el hijo de su corazón...; ¡ay,
ella suspira cuando recuerda su nombre, y en la iglesia reza por él una oración
especial! ¡Cuánta alegría le proporcionó este jovencito fino, inteligente,
delicado! ¡Qué orgullosa estuvo ella de su Fritz los primeros años! El mejor
alumno en el Gimnasio, el preferido de todos los maestros en la Universidad, a
los veinticuatro años de edad -un milagro en el mundo académico- profesor,
profesor ordinario de la Universidad de Basilea, a los veinticinco, honrado con
la amistad de Richard Wagner; todas las madres deben envidiar por ese hijo a la
tranquila y modesta viuda de un pastor en Naumburg. ¡Y qué hermosos y sabios
libros escribe, poco comprensibles, ciertamente, para la ingenua mujercita a la
antigua -que ha leído poco fuera de libros piadosos y tal vez los clásicos-, y
escribe hasta los títulos de sus obras con errores (Crepúsculo del espíritu en
lugar de "Crepúsculo de los ídolos", y Zara Tustra en lugar de
"Zarathustra" ). Pero la gente culta de todas clases atribuye
importancia a los escritos de su hijo; ¿cómo no prestaría entera fe una madre a
esa alabanza? Mas de pronto una angustia salvaje, un repentino terror, destruye
su alegría; primero llegó uno, luego otro para contarle que Fritz, el
"Fritz de su corazón" deshonra la memoria de su piadoso padre,
escribiendo libros blasfemos, horrendamente blasfemos y que se llama a sí mismo
sacrílegamente "el Anticristo". Es una infamia, una vergüenza: el
hijo de un pastor ultraja la doctrina cristiana y anuncia una cruzada contra la
Cruz. La pobre y sencilla mujer se asusta hasta lo más hondo del alma; ha
perdido al hijo, aunque viva físicamente, y, en verdad, sus cartas, las cartas
de él, se tornan extrañas, a veces duras. En sus escritos, en su ser, estalla
un tono salvaje, dominador; inconscientemente, oscuros presentimientos rozan a
la trastornada madre, un demonio, el enemigo de Dios hecho carne debe de
haberse apoderado del alma de su hijo.
Y de repente, la terrible noticia desde Basilea, en enero de
1889: ella debía acudir en seguida. Overbeck, el único amigo seguro y de la
confianza especial de ella como profesor de teología, acaba de traerdes de
Turín al hombre mentalmente enfermo: quiere entregárselo a ella, sólo a ella,
que es la madre del enloquecido, para que lo lleve a la tumba viviente, a un
instituto de lunáticos. Escenas horribles que uno se niega a reproducir, se
desarrollan durante el encuentro, que para el enfermo de la mente ya no es un
reconocer. Hundido en un sueño artificial con una elevada dosis de cloral y,
además, en compañía de un médico y de un enfermero, se carga al enfermo
Nietzsche en unión de su madre en un coche ferroviario y allí comienza su viaje
hacia la última noche, la eterna noche y comienza también la información de la
madre en las cartas a Overbeck, que son uno de los documentos más
estremecedores dela historia del espíritu.
Terrible el viaje -un estallido de furia del demente contra
la madre, que debe ponerse a salvo en otro compartimiento del tren-, terrible
el traslado almanicomio, donde el mayor genio del siglo es encerrado en una
celda por cinco marcos diarios. Para los médicos no es ciertamente tal genio,
sino un simple caso de paranoia con la anotación entre paréntesis
"incurable"; el director del establecimiento,a quien se quiere
demostrar la importancia de Nietzsche, rehusa en seguida leer sus obras,
"ellos tienen tan poco tiempo para libros de literatura"; pocos días
después, se muestra a los estudiantes de un curso un profesor Nietzsche como
ejemplo magistral de paranoia, sin que uno solo saltara asustado al oír el
nombre de "Nietzsche" -que entonces era tan desconocido todavía que
la Enciclopedia no contiene su nombre-: Hacen andar al paciente hacia arriba y
hacia abajo, y como no lo hace bastante erguido -para revelar los síntomas-, el
profesor se ríe de él: "Un viejo soldado como usted debe saber marchar
decorosamente". Y también se ríe de él, de esta larva del espíritu máximo
de nuestra época, el loquero; le acaricia buenamente los espesos bigotes,le
golpea en el hombro y abraza alegremente al hombre que cuando estaba sano,
consideraba dema-siado íntimo e importuno el más leve contacto. Como en
Albatros, de Baudelaire, el que antes volabalibre y magnífico por el éter y
ahora tiene las alascortadas, se convirtió en mofa para los chicos y en grosera
diversión para los loqueros. ("Se me arrastra a veces por la cabeza",
dice en su jerga sajona al bondadoso compañero de cuarto.)
"Incurable" y "debe quedar internado toda la
vida", dijeron los médicos. Pero alguien no lo quiere creer; la mujer
emotivamente simple, emotivamente esperanzada, emotivamente delicada; su
madre."Sólo me atormentó constantemente la idea de que los médicos tal vez
no comprendían exactamente la enfermedad de mi hijo". ¿Qué son para ella
estas terribles y extrañas palabras, estos diagnósticos? No,ella no cree,
porque no quiere creerlo, que su hijo, el Fritz de su corazón, esté loco. Sólo
que trabajó demasiado este "hijo de su alma", y sanaría pronto, si
ella, la madre, pudiera cuidarlo en su casa. Los médicos titubean, vacilan
mucho tiempo. Dejar en manos de una débil y anciana mujer a un enfermo mental
que a veces sufre terribles ataques de furia -e lmismo Peter Gast teme que Nietzsche
"pueda derribar y aun asesinar a su madre durante esos ataques"-, sin
cuidadores, sin medidas de precaución, parece absurdo. Pero la madre no ceja,
no teme el peligro, se curva bajo la cruz que le ha sido impuesta y,
finalmente, a comienzos de 1891, los médicos dan de alta -exigiendo un
documento que los dispense de toda responsabilidad- a ese ser un poco más
tranquilo, pero aun no curado por completo. Desde ese momento, la madre es la
única persona que le cuida.
Y desde ese momento se ve a una anciana que de vez en cuando
lleva por las calles y en largos paseos al enfermo, como si llevara a un enorme
oso muy torpe. Para entretenerlo le recita sin interrupción poesías, que él
escucha estúpidamente; le hace esquivar con habilidad a la gente, que los
observa curiosa; y a los caballos que lo asustan. ("No tiemblo a los
caballos", dice siempre en lugar de: "No amo a los caballos" (En
alemán "tiemblo" y "amo" tienen un leve parecido
fonético,que explica en cierta manera la confusión de las dos palabras en el
demente. (N. del T.).). Y se siente feliz cada vez que vuelve con él a casa,
sin llamar la atención y sin que él hable fuerte (con esta expresión de un
delicado disimulo llama ella los salvajes rugidos del demente). En casa es más
fácil tenerlo ocupado. Si lo sienta delante del piano, el ser ausente de sí
mismo fantasea largas horas en el vacío, y ella lo deja hacer, excepto cuando
toca música de Wagner, porque sabe que Amfortas le excita siempre los nervios. O
le da algo para leer; naturalmente, Nietzsche hace mucho ya que no sabe lo que
lee, pero se calma teniendo en sus manos un diario o un libro y murmurando
tontamente como si leyera. Si se le entrega un lápiz, se despierta en él el
oscuro recuerdo de que un día fue escritor, y garabatea constantemente palabras
ilegibles en el papel: inconscientemente, algo queda despierto todavía en él de
aquél que fue poeta inmortal, músico profundo; pero ese algo no es de modo
fantasmagórico más que lo mecánico de las funciones. Cuando habla, es casi
siempre farfullando y "feliz por hablar", como escribe la madre; sólo
de vez en cuando relampaguean, como en Hölderlin enfermo, tremendas palabras a
través de las nubes de la locura, como cuando dice: "Estoy muerto porque
soy tonto" o, sacudiendo salvajemente la melena: "Sumariamente
muerto".
Todo esto comunica la madre al amigo en forma estremecedora.
Es sincera en su sencilla narración, pero se siente que la tan sufrida mujer
callase lo más amargo; que trata de imaginar ilusionada, para sí misma y para
los amigos, que el verdadero estado de Nietzsche es más claro y curable; se
siente que pasa de prisa por encima de sus estallidos de furia (cuando grita y
"¡con qué voz!" ), para contar del "buen hijo" cuyas
"queridas facciones" tienen un aspecto "sumamente divertido, del
todo pícaro". Y sólo en
sus ahogados suspiros se adivina la enorme carga que la madre se ha impuesto,
para cuidar sola a un enfermo con quien no se puede contar, para vigilarlo,
lavarlo, darle de comer, vestirlo, todo ella sola sin ayuda alguna,
entreteniéndole las doce horas largas, y luego, en lugar de descansar mientras
él duerme, cuidar de la casa..., sacrificando un año, dos, cinco de su vida al
delirio de su curación, sin una hora de libertad, sin descanso, sin pausa.
"¡Oh queridos, nadie puede sospechar siquiera lo que yo sufro!",
suspira a veces. Pero siempre se advierte a sí misma: "Hay que tener
paciencia y confiar en la gracia y la misericordia de Dios".
Pero, al
final, tampoco esta alma devota que cree en el milagro puede engañarse por más
tiempo y renuncia a la ilusión tan largamente acariciada de que su hijo, el
"Fritz de su corazón", pueda volver a ser un día un hombre sano,
despierto, normal de espíritu. Resignada, confiesa que "su mal será
siempre para mí un misterio". Sigue cumpliendo fielmente su deber
cotidiano, lo alimenta con emparedados de jamón y le acaricia las mejillas.
Pero las fuerzas de Nietzsche siguen decayendo. Está cada día más cansado. Los
paseos no le atraen ya, está tendido en silencio en su sillón de enfermo,
dirigiendo los ojos vacíos bajo los párpados ya pesados, con fatigoso esfuerzo,
hacia las personas que entran en su cuarto. Cesan las explosiones de furor; el
cráter ha terminado de arder. Apáticamente se sienta o se tiende en el mirador;
"en todo un mes apenas pronuncia una sola frase, físicamente contra hecho,
un espectáculo que hace llorar". Pero, evidentemente, nada siente ya, ni
la felicidad ni la desdicha; de modo espantoso está en "el más allá de
todo". Pierde paulatinamente toda facultad de distinguir; progresa en
forma terrible la disolución, "hasta del concepto de la propia
persona". "Contempla largamente sus manos con la expresión de quien
cree que no le pertenecen y luego, generalmente, las mete en los bolsillos del
pantalón, cosa que antes nunca hacía. En esos casos, le hago colocar las manos
sobre la mesa, aunque se resiste convulsamente, se las acaricio y le hago
comprender que son sus manos, la derecha y la izquierda". Es en vano que
la fama lo busque, que vengan extranjeros a Naumburg en peregrinación, que los
amigos que en vida le desconocieron, lo visiten ahora... Es demasiado tarde. No
reconoce ya a nadie; como un león moribundo, tremendo y grandioso, mira
fijamente con los ojos que estallan, a amigos y parientes. Y un destino
generoso evitó a la madre la pena de ver, de seguir viendo el final, lo más
terrible: cómo esta inmóvil figura, cadáver viviente, yace allí en la casa años
y más años, hasta que finalmente el corazón deja de latir en el cuerpo, que también
va tornándose rígido.
Estremecedora tragedia: un cerebro de la más luminosa
claridad, la más asombrosa plenitud del saber, unida a la más alta expresión
idiomática... y un bacilo infinitesimal, que roe, asesinándolo, a este ser
único, aniquilando en bestial insensibilidad la más radiosa clarividencia que
ayer todavía fue energía creadora: enigma y misterio que no sólo esta suave y
sencilla mujer fue incapaz de resolver y develar, sino que también nosotros
contemplamos con horror y sin comprender. Pero es admirable cómo ella, que se
encuentra confusa, ignara ante lo inexplicable, que sigue con energía
inagotable, madre heroica, cumpliendo fiel y sacrificada su inútil obra, espera
obrar el milagro por el amor y la humildad; este heroísmo del amor, no menos
poderoso que el valor espiritual del gran rebelde, se conoce ahora
indiscutiblemente, por primera vez, en sus cartas. El gesto impremeditado es
siempre el más bello y el más humano; justamente de lo simple, de lo natural y
realmente verdadero, brotan las emociones más puras, y así, por estas
anotaciones de una mujer sencilla, sabemos más que por todos los documentos
clínicos y las disertaciones cultas acerca de la caída y la pérdida de este
gran espíritu de la pasada generación. Precisamente aquella que menos
comprendió tal vez sus obras, la madre piadosa, retirada delmundo y ajena a
todo eso, lo describió mejor -milagro del poder del amor- en su verdadera
esencia.
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