Hola a todos!
Este texto que leí hace poco forma parte de un libro que
encontré de casualidad en la biblioteca de mi abuela, se titula "El arcano
de la creación artística" de Stefan Zweig. El libro es interesante, un
compendio de "Curiosidades", podríamos decirlo, aunque no es tan así,
sobre grandes mentes (entre ellas Freud, Tolstoi, Proust, etc).
Mi idea es ir trayendo algunos de estos textos de a poco. Este
que les presento me atrapó mucho, trata sobre la historia y los sacrificios de
la madre de Nietzche al cuidado de éste cuando el estado de salud mental del
filósofo ya estaba bastante deteriorado.
En fin. Que lo disfruten!!
MATER DOLOROSA
STEFAN ZWEIG
Las cartas de la madre de Nietzsche a Over-beck.1937.
Esta mujer es realmente inagotable en su paciencia... y aquí
hace falta esa paciencia que sólo puede tener una madre.
PETER GAST, 1890
Una tranquila y esbelta viuda de pastor en Naumburg; viste
siempre de negro, va siempre sola y a menudo a la iglesia, la piadosa y sufrida
mujer.La vida no fue buena con ella. Su esposo murió temprano; la hija única,
la delicada y alegre Isabel, la abandonó, emigrando al Paraguay con un extraño
silvicultor visionario; y su hijo predilecto, el hijo de su corazón...; ¡ay,
ella suspira cuando recuerda su nombre, y en la iglesia reza por él una oración
especial! ¡Cuánta alegría le proporcionó este jovencito fino, inteligente,
delicado! ¡Qué orgullosa estuvo ella de su Fritz los primeros años! El mejor
alumno en el Gimnasio, el preferido de todos los maestros en la Universidad, a
los veinticuatro años de edad -un milagro en el mundo académico- profesor,
profesor ordinario de la Universidad de Basilea, a los veinticinco, honrado con
la amistad de Richard Wagner; todas las madres deben envidiar por ese hijo a la
tranquila y modesta viuda de un pastor en Naumburg. ¡Y qué hermosos y sabios
libros escribe, poco comprensibles, ciertamente, para la ingenua mujercita a la
antigua -que ha leído poco fuera de libros piadosos y tal vez los clásicos-, y
escribe hasta los títulos de sus obras con errores (Crepúsculo del espíritu en
lugar de "Crepúsculo de los ídolos", y Zara Tustra en lugar de
"Zarathustra" ). Pero la gente culta de todas clases atribuye
importancia a los escritos de su hijo; ¿cómo no prestaría entera fe una madre a
esa alabanza? Mas de pronto una angustia salvaje, un repentino terror, destruye
su alegría; primero llegó uno, luego otro para contarle que Fritz, el
"Fritz de su corazón" deshonra la memoria de su piadoso padre,
escribiendo libros blasfemos, horrendamente blasfemos y que se llama a sí mismo
sacrílegamente "el Anticristo". Es una infamia, una vergüenza: el
hijo de un pastor ultraja la doctrina cristiana y anuncia una cruzada contra la
Cruz. La pobre y sencilla mujer se asusta hasta lo más hondo del alma; ha
perdido al hijo, aunque viva físicamente, y, en verdad, sus cartas, las cartas
de él, se tornan extrañas, a veces duras. En sus escritos, en su ser, estalla
un tono salvaje, dominador; inconscientemente, oscuros presentimientos rozan a
la trastornada madre, un demonio, el enemigo de Dios hecho carne debe de
haberse apoderado del alma de su hijo.
Y de repente, la terrible noticia desde Basilea, en enero de
1889: ella debía acudir en seguida. Overbeck, el único amigo seguro y de la
confianza especial de ella como profesor de teología, acaba de traerdes de
Turín al hombre mentalmente enfermo: quiere entregárselo a ella, sólo a ella,
que es la madre del enloquecido, para que lo lleve a la tumba viviente, a un
instituto de lunáticos. Escenas horribles que uno se niega a reproducir, se
desarrollan durante el encuentro, que para el enfermo de la mente ya no es un
reconocer. Hundido en un sueño artificial con una elevada dosis de cloral y,
además, en compañía de un médico y de un enfermero, se carga al enfermo
Nietzsche en unión de su madre en un coche ferroviario y allí comienza su viaje
hacia la última noche, la eterna noche y comienza también la información de la
madre en las cartas a Overbeck, que son uno de los documentos más
estremecedores dela historia del espíritu.
Terrible el viaje -un estallido de furia del demente contra
la madre, que debe ponerse a salvo en otro compartimiento del tren-, terrible
el traslado almanicomio, donde el mayor genio del siglo es encerrado en una
celda por cinco marcos diarios. Para los médicos no es ciertamente tal genio,
sino un simple caso de paranoia con la anotación entre paréntesis
"incurable"; el director del establecimiento,a quien se quiere
demostrar la importancia de Nietzsche, rehusa en seguida leer sus obras,
"ellos tienen tan poco tiempo para libros de literatura"; pocos días
después, se muestra a los estudiantes de un curso un profesor Nietzsche como
ejemplo magistral de paranoia, sin que uno solo saltara asustado al oír el
nombre de "Nietzsche" -que entonces era tan desconocido todavía que
la Enciclopedia no contiene su nombre-: Hacen andar al paciente hacia arriba y
hacia abajo, y como no lo hace bastante erguido -para revelar los síntomas-, el
profesor se ríe de él: "Un viejo soldado como usted debe saber marchar
decorosamente". Y también se ríe de él, de esta larva del espíritu máximo
de nuestra época, el loquero; le acaricia buenamente los espesos bigotes,le
golpea en el hombro y abraza alegremente al hombre que cuando estaba sano,
consideraba dema-siado íntimo e importuno el más leve contacto. Como en
Albatros, de Baudelaire, el que antes volabalibre y magnífico por el éter y
ahora tiene las alascortadas, se convirtió en mofa para los chicos y en grosera
diversión para los loqueros. ("Se me arrastra a veces por la cabeza",
dice en su jerga sajona al bondadoso compañero de cuarto.)
"Incurable" y "debe quedar internado toda la
vida", dijeron los médicos. Pero alguien no lo quiere creer; la mujer
emotivamente simple, emotivamente esperanzada, emotivamente delicada; su
madre."Sólo me atormentó constantemente la idea de que los médicos tal vez
no comprendían exactamente la enfermedad de mi hijo". ¿Qué son para ella
estas terribles y extrañas palabras, estos diagnósticos? No,ella no cree,
porque no quiere creerlo, que su hijo, el Fritz de su corazón, esté loco. Sólo
que trabajó demasiado este "hijo de su alma", y sanaría pronto, si
ella, la madre, pudiera cuidarlo en su casa. Los médicos titubean, vacilan
mucho tiempo. Dejar en manos de una débil y anciana mujer a un enfermo mental
que a veces sufre terribles ataques de furia -e lmismo Peter Gast teme que Nietzsche
"pueda derribar y aun asesinar a su madre durante esos ataques"-, sin
cuidadores, sin medidas de precaución, parece absurdo. Pero la madre no ceja,
no teme el peligro, se curva bajo la cruz que le ha sido impuesta y,
finalmente, a comienzos de 1891, los médicos dan de alta -exigiendo un
documento que los dispense de toda responsabilidad- a ese ser un poco más
tranquilo, pero aun no curado por completo. Desde ese momento, la madre es la
única persona que le cuida.
Y desde ese momento se ve a una anciana que de vez en cuando
lleva por las calles y en largos paseos al enfermo, como si llevara a un enorme
oso muy torpe. Para entretenerlo le recita sin interrupción poesías, que él
escucha estúpidamente; le hace esquivar con habilidad a la gente, que los
observa curiosa; y a los caballos que lo asustan. ("No tiemblo a los
caballos", dice siempre en lugar de: "No amo a los caballos" (En
alemán "tiemblo" y "amo" tienen un leve parecido
fonético,que explica en cierta manera la confusión de las dos palabras en el
demente. (N. del T.).). Y se siente feliz cada vez que vuelve con él a casa,
sin llamar la atención y sin que él hable fuerte (con esta expresión de un
delicado disimulo llama ella los salvajes rugidos del demente). En casa es más
fácil tenerlo ocupado. Si lo sienta delante del piano, el ser ausente de sí
mismo fantasea largas horas en el vacío, y ella lo deja hacer, excepto cuando
toca música de Wagner, porque sabe que Amfortas le excita siempre los nervios. O
le da algo para leer; naturalmente, Nietzsche hace mucho ya que no sabe lo que
lee, pero se calma teniendo en sus manos un diario o un libro y murmurando
tontamente como si leyera. Si se le entrega un lápiz, se despierta en él el
oscuro recuerdo de que un día fue escritor, y garabatea constantemente palabras
ilegibles en el papel: inconscientemente, algo queda despierto todavía en él de
aquél que fue poeta inmortal, músico profundo; pero ese algo no es de modo
fantasmagórico más que lo mecánico de las funciones. Cuando habla, es casi
siempre farfullando y "feliz por hablar", como escribe la madre; sólo
de vez en cuando relampaguean, como en Hölderlin enfermo, tremendas palabras a
través de las nubes de la locura, como cuando dice: "Estoy muerto porque
soy tonto" o, sacudiendo salvajemente la melena: "Sumariamente
muerto".
Todo esto comunica la madre al amigo en forma estremecedora.
Es sincera en su sencilla narración, pero se siente que la tan sufrida mujer
callase lo más amargo; que trata de imaginar ilusionada, para sí misma y para
los amigos, que el verdadero estado de Nietzsche es más claro y curable; se
siente que pasa de prisa por encima de sus estallidos de furia (cuando grita y
"¡con qué voz!" ), para contar del "buen hijo" cuyas
"queridas facciones" tienen un aspecto "sumamente divertido, del
todo pícaro". Y sólo en
sus ahogados suspiros se adivina la enorme carga que la madre se ha impuesto,
para cuidar sola a un enfermo con quien no se puede contar, para vigilarlo,
lavarlo, darle de comer, vestirlo, todo ella sola sin ayuda alguna,
entreteniéndole las doce horas largas, y luego, en lugar de descansar mientras
él duerme, cuidar de la casa..., sacrificando un año, dos, cinco de su vida al
delirio de su curación, sin una hora de libertad, sin descanso, sin pausa.
"¡Oh queridos, nadie puede sospechar siquiera lo que yo sufro!",
suspira a veces. Pero siempre se advierte a sí misma: "Hay que tener
paciencia y confiar en la gracia y la misericordia de Dios".
Pero, al
final, tampoco esta alma devota que cree en el milagro puede engañarse por más
tiempo y renuncia a la ilusión tan largamente acariciada de que su hijo, el
"Fritz de su corazón", pueda volver a ser un día un hombre sano,
despierto, normal de espíritu. Resignada, confiesa que "su mal será
siempre para mí un misterio". Sigue cumpliendo fielmente su deber
cotidiano, lo alimenta con emparedados de jamón y le acaricia las mejillas.
Pero las fuerzas de Nietzsche siguen decayendo. Está cada día más cansado. Los
paseos no le atraen ya, está tendido en silencio en su sillón de enfermo,
dirigiendo los ojos vacíos bajo los párpados ya pesados, con fatigoso esfuerzo,
hacia las personas que entran en su cuarto. Cesan las explosiones de furor; el
cráter ha terminado de arder. Apáticamente se sienta o se tiende en el mirador;
"en todo un mes apenas pronuncia una sola frase, físicamente contra hecho,
un espectáculo que hace llorar". Pero, evidentemente, nada siente ya, ni
la felicidad ni la desdicha; de modo espantoso está en "el más allá de
todo". Pierde paulatinamente toda facultad de distinguir; progresa en
forma terrible la disolución, "hasta del concepto de la propia
persona". "Contempla largamente sus manos con la expresión de quien
cree que no le pertenecen y luego, generalmente, las mete en los bolsillos del
pantalón, cosa que antes nunca hacía. En esos casos, le hago colocar las manos
sobre la mesa, aunque se resiste convulsamente, se las acaricio y le hago
comprender que son sus manos, la derecha y la izquierda". Es en vano que
la fama lo busque, que vengan extranjeros a Naumburg en peregrinación, que los
amigos que en vida le desconocieron, lo visiten ahora... Es demasiado tarde. No
reconoce ya a nadie; como un león moribundo, tremendo y grandioso, mira
fijamente con los ojos que estallan, a amigos y parientes. Y un destino
generoso evitó a la madre la pena de ver, de seguir viendo el final, lo más
terrible: cómo esta inmóvil figura, cadáver viviente, yace allí en la casa años
y más años, hasta que finalmente el corazón deja de latir en el cuerpo, que también
va tornándose rígido.
Estremecedora tragedia: un cerebro de la más luminosa
claridad, la más asombrosa plenitud del saber, unida a la más alta expresión
idiomática... y un bacilo infinitesimal, que roe, asesinándolo, a este ser
único, aniquilando en bestial insensibilidad la más radiosa clarividencia que
ayer todavía fue energía creadora: enigma y misterio que no sólo esta suave y
sencilla mujer fue incapaz de resolver y develar, sino que también nosotros
contemplamos con horror y sin comprender. Pero es admirable cómo ella, que se
encuentra confusa, ignara ante lo inexplicable, que sigue con energía
inagotable, madre heroica, cumpliendo fiel y sacrificada su inútil obra, espera
obrar el milagro por el amor y la humildad; este heroísmo del amor, no menos
poderoso que el valor espiritual del gran rebelde, se conoce ahora
indiscutiblemente, por primera vez, en sus cartas. El gesto impremeditado es
siempre el más bello y el más humano; justamente de lo simple, de lo natural y
realmente verdadero, brotan las emociones más puras, y así, por estas
anotaciones de una mujer sencilla, sabemos más que por todos los documentos
clínicos y las disertaciones cultas acerca de la caída y la pérdida de este
gran espíritu de la pasada generación. Precisamente aquella que menos
comprendió tal vez sus obras, la madre piadosa, retirada delmundo y ajena a
todo eso, lo describió mejor -milagro del poder del amor- en su verdadera
esencia.
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