Tomado de Tierra Patria (1993) y Mis Demonios (1995)
EDGAR MORIN
Nuestro universo es catastrófico desde el principio. Desde
la formidable deflagración que lo hizo nacer, está dominado por las fuerzas de
dislocaciones, desintegraciones, colisiones, explosiones, destrucción. Se
constituyó en y por el genocidio de la anti-materia por la materia, y su
terrorífica aventura prosigue entre devastaciones, carnicerías e inauditas
dilapidaciones. El final es implacable.Todo morirá.
En este espantoso desastre aparecieron unas débiles fuerzas
de asociación y agregación que aprovecharon innumerables encuentros a lo largo
de aquel batiburrillo para unir las partículas en núcleos, luego astros y
átomos. Pero los miles de millones de galaxias sólo constituyen unas minorías
aisladas y perdidas en un desorden y un vacío inconmensurables.
Nacida en un minúsculo planeta en el seno de una extremada
violencia de tempestades, erupciones y temblores de tierra, la vida, fruto de
asociaciones entre miríadas de macromoléculas, lucha cruelmente contra la
crueldad del mundo y resiste con crueldad la crueldad de la vida.
Todos los vivos son arrojados a la vida sin haberlo
solicitado, están condenados a la muerte sin haberlo deseado. Viven entre nada
y nada, la nada de antes, la nada de después, rodeados también de nada. No son
sólo los individuos quienes están perdidos sino, antes o después, toda la
humanidad y, luego, los últimos vestigios de vida, la Tierra más tarde.
No hay salvación en el sentido de las religiones de
salvación que prometen la inmortalidad personal. No hay salvación terrestre,
como prometió la religión comunista. Hay que renunciar radical y
definitivamente a esta salvación. Debemos incluso renunciar a las promesas
infinitas. El humanismo occidental nos destinaba a la conquista de la
naturaleza, al infinito. La ley del progreso nos decía que éste iba a proseguir
hasta el infinito. No había límites para el crecimiento económico, no había
límites para la inteligencia humana, no había límites para la razón. El hombre
se había convertido, por sí mismo, en su propio infinito. Hoy podemos rechazar
estos falsos infinitos y tomar conciencia de nuestra irremediable finitud.
El verdadero infinito está más allá de la razón, de la
inteligibilidad, de los poderes del hombre. ¿Tal vez nos atraviesa de parte a
parte, totalmente invisible, y sólo se deja presentir por la poesía y la
música?
Debemos comprender que la existencia en el mundo físico (y
la del propio mundo físico) se paga a un inaudito precio de degradación, de
pérdida, de ruina, que la existencia viva se paga a un inaudito precio de
sufrimiento, que cualquier gozo, cualquier felicidad humanos se hacen y se
harán pagar con la degradación, la pérdida, la ruina y el sufrimiento.
Todo ser viviente mata y come seres vivientes. Los propios
vegetales se alimentan de sales minerales surgidas de los residuos cadavéricos.
Cualquier ciclo ecológico de vida es, al mismo tiempo, un ciclo de muerte. Este
ciclo de muerte es, al mismo tiempo, un ciclo de solidaridad. Ese ciclo de
solidaridad es, al mismo tiempo, un ciclo de destrucción. Las especies luchan
contra la muerte, unas, insectos y peces, multiplicando sus huevos, otras,
pájaros y mamíferos, protegiendo su progenie.
Sin estas débiles fuerzas de resistencia a la crueldad no
habría vida. Sin estas débiles fuerzas sólo habría desolación. Pero sin la
integración de la crueldad por la vida tampoco habría vida. La crueldad es
constitutiva del universo, es el precio que debe pagarse por la gran
solidaridad de la
biosfera, no puede eliminarse de la vida humana. Hemos
nacido en la crueldad del mundo y de la
vida, a la que le hemos añadido la crueldad del ser humano y
la crueldad de la sociedad humana.
Los recién nacidos nacen aullando de dolor. Los animales
dotados de sistema nervioso sufren.Tal vez también los vegetales, pero son los
humanos quienes han adquirido las mayores aptitudes para el sufrimiento al
adquirir las mayores aptitudes para el goce. La crueldad del mundo es
experimentada más viva y violentamente por las criaturas de carne, de alma y de
espíritu, que pueden sufrir y que, por el espíritu, pueden concebir la crueldad
del mundo y horrorizarse frente a él.
La crueldad en las relaciones entre humanos, individuos,
grupos, etnias, religiones, razas, es terrorífica. El ser humano contiene en su
seno un hormiguero de monstruos que libera en cualquier ocasión favorable. El
odio estalla por una nadería, un olvido, la suerte del otro, un favor del que
nos creemos privados. El odio abstracto por una idea o una religión se
convierte en odio concreto por un individuo o un grupo. El odio demente se
desencadena por un error de percepción o de interpretación.
El egoísmo, el desprecio, la indiferencia, la falta de
atención agravan por todas partes, y sin cesar, la crueldad del mundo humano.
Y, en los subsuelos de las sociedades civilizadas se tortura animales para el
matadero o la experimentación. El exceso de crueldad alimenta consigo mismo,
por saturación, la indiferencia y la falta de atención, y por lo demás nadie
podría soportar vivir si no mantuviera en sí un callo de indiferencia.
El aumento de la dependencia del dinero, de la
independencia por el dinero, y del poder del dinero generaliza y amplía las
implacables avideces. La técnica y la burocracia propagan una inhumanidad
gélida, mecánica, que desintegra con sus cuantificaciones las realidades
vividas por los seres de carne, de sangre y de alma. La especialización y la
compartimentación destruyen el sentido de la responsabilidad. Así se aumenta la
crueldad por indiferencia, falta de atención y ceguera.
Cada vez habrá más fuentes de angustia, y cada vez habrá
más necesidad de participación, de fervor, de fraternidad, los únicos que
saben, no aniquilar, sino rechazar la angustia. El amor es el
antídoto, la réplica no la respuesta a la angustia. Es la
experiencia fundamentalmente positiva del
ser humano, donde la comunión, la exaltación de sí, del
otro, son elevadas hasta su mejor nivel,
cuando no están alteradas por la posesividad. ¿No podríamos
descongelar la enorme cantidad de
amor petrificado en religiones y abstracciones, dedicarlo no
ya a lo inmortal sino a lo mortal? Pero, incluso en ese caso, la perdición
permanecerá inscrita en nuestro destino.
Esta es la mala nueva: estamos perdidos, irremediablemente
perdidos. Si hay un evangelio, es decir una buena nueva, debe partir de la
mala: estamos perdidos y sin embargo tenemos techo, casa, patria: el pequeño
planeta donde la vida levantó su jardín, donde los humanos levantaron su hogar,
donde la humanidad debe reconocer ya su casa común.
No hay salvación si la palabra significa escapar a la
perdición. Pero si la salvación significa evitar lo peor, hallar lo mejor
posible, entonces nuestra salvación personal está en la conciencia, en el amor
y en la fraternidad, nuestra salvación colectiva es evitar el desastre de una
muerte prematura de la humanidad y convertir la Tierra , perdida en el
cosmos, en nuestro «puerto de salvación».
No es la
Tierra prometida, no es el paraíso terrenal. Es nuestra
patria, el lugar de nuestra comunidad de destino de vida y muerte terrenas.
Debemos cultivar nuestro jardín terrestre, lo que significa civilizar la Tierra.
¿Civilizar la
Tierra ? ¿Pasar de la especie humana a la humanidad? ¿Pero qué
esperar del Homo sapiens demens? ¿Cómo ocultar el gigantesco y terrorífico
problema de las carencias del ser humano? En todo tiempo, por todas partes,
dominación y explotación han predominado sobre la
ayuda mutua y la solidaridad; en todo tiempo, por todas
partes, el odio y el desprecio han predominado sobre la amistad y la
comprensión, por todas partes las religiones de amor y las ideologías de
fraternidad han aportado más odio e incomprensión que amor y fraternidad.
Debemos superar la repulsión ante lo que no se adecua a
nuestras normas y tabúes, y superar la enemistad contra el extranjero, sobre el
que proyectamos nuestros temores a lo desconocido y lo extraño. Ello exige un
esfuerzo recíproco procedente de ese extranjero, pero hay que comenzar por
comenzar...
Las únicas resistencias están en las fuerzas de
cooperación, comunicación, comprensión, amistad, comunidad, amor, siempre que
estén acompañadas por la perspicacia y la inteligencia, cuya ausencia puede,
por el contrario, favorecer las fuerzas de la crueldad... Son siempre las más
débiles, pero gracias a ellas hay sociedades vivibles, familias amantes,
amistades, amores, abnegaciones, caridades, compasiones, entusiasmos y, gracias
a ellas, de caos en tumbo, de tumbo en caos, el mundo funciona, caín-sinamente
sin verse total y permanentemente sumergido por la barbarie. Estas virtudes
comportan en sí mismas crueldad para quien les es exterior, antagonista o
simplemente indiferente, pero son ellas las que hacen vivible la vida, no
deseable la muerte; son ellas las que, en el nivel de los humanos, mantienen lo
que hay de más precioso y que, al mismo tiempo, es lo más mortal y amenazado, y
el amor por encima de todo.
Estas débiles fuerzas son las que nos permiten creer en la
vida, y la vida lo que nos permite creer en estas débiles fuerzas. Sin ellas,
sólo habría el horror de la pura coerción, de la destrucción en masa, de la
desintegración generalizada. La peor crueldad del mundo y lo mejor de la bondad
del mundo están en el hombre. Debemos tomar conciencia, correlativamente, de la
perdición terrestre y de la crueldad del mundo. De este modo, el evangelio de
la perdición comporta la ética de la solidaridad que es, a su vez, ética de la
resistencia a la inmensa crueldad del mundo.
Debemos resistirnos a lo que separa, a lo que desintegra, a
lo que aleja, sabiendo que la separación, la desintegración, el alejamiento
ganarán la partida. La resistencia es lo que acude en ayuda de esas débiles
fuerzas, es lo que defiende lo frágil, lo perecedero, lo hermoso, lo auténtico,
el alma. Es lo que puede abrir una brecha en el plexiglás de la indiferencia
para, de sonrisa en sonrisa, consolar los llantos. Sonreír, reír, bromear,
jugar, acariciar, abrazar es también resistir.
Resistir, resistir primero a nosotros mismos, nuestra
indiferencia y nuestra falta de atención, nuestro cansancio y nuestro
desaliento, nuestros malos impulsos y mezquinas obsesiones. Resistir
por/para/con amistad, caridad, piedad, compasión, ternura, bondad. La resistencia
a la crueldad del mundo debe intentar mantener la unión en la separación, atar
lo que es libre dejándolo libre, provocar el arrepentimiento concediendo el
perdón.
La aventura sigue siendo desconocida. Tal vez la era
planetaria se hunda antes de haber podido florecer. Tal vez la agonía de la
humanidad sólo produzca muerte y ruinas. Pero lo peor no es seguro todavía, no
todo está todavía decidido. Sin que exista por ello certidumbre, ni siquiera
probabilidad, hay posibilidad de un porvenir mejor.
La tarea es inmensa e incierta. No podemos sustraernos a la
desesperanza, ni a la esperanza. La misión y la dimisión son igualmente
imposibles. Debemos armarnos de una «ardiente paciencia».
Estamos en vísperas, no de la lucha final, sino de la lucha
inicial.
Proseguir el esfuerzo cósmico desesperado que, en el
humano, toma la forma de una resistencia a la crueldad del mundo es lo que yo
denominaría esperanza.
