Historia en cinco tiempos
La mujer
Nada en el mundo podía compararse a su desgracia de hombre.
Nada... En medio de los puñetazos dados sobre la mesa, en la que bailoteaba a
cada impacto la lámpara de queroseno, se producía el desparramo intermitente de
aquellas palabras obsesivas, rubricadas por las lágrimas que iban cayendo en
cada embestida del desahogo. Porque una casilla junto a la vía del ferrocarril,
que es la última miseria a que puede llegarse, era algo sin importancia. No
poseer más bienes en un mundo atiborrado de objetos posibles como éste, que una
cama, una mesa, la silla de la palangana y el cajón del primus y, si acaso
cupieran en el inventario, ciertos banderines provenientes de un remolcador
desguazado con que tuviese que tapar los agujeros de las paredes, tampoco esto
daba para desesperar mucho. Pues lo cierto era que hasta hace unas pocas horas
había estado ella, la mujer, siempre cantando y riéndose, nunca se sabría si de
estúpida o de feliz, o de las dos cosas al mismo tiempo. Y también llorando de
tanto en tanto, para distraerse, según su explicación bastante oscura.
Todo temblaba allí, y hasta lo que estaba suspendido en
clavos se desprendía en ocasiones al paso de la máquina. Ella había adoptado un
sistema: reírse del escándalo producido por la epilepsia de los utensilios y
tratar al mismo tiempo de disminuir sus efectos. Percibía por las plantas de
los pies la vibración lejana. Y entonces, al llegar el momento preciso, se
abrazaba a los enseres más precariamente situados y les impedía caer,
sosteniéndolos por turnos brevísimos como los malabaristas.
- Elena, Elena -dijo de pronto el hombre a media voz, como
si ella se hubiese corporeizado en base a los elementos del vacío.
La dibujó en el aire. Tenía naricilla respingona y dientes limpios
por la virtud de una saliva milagrosa. Y se conservaba siempre blanca, aún sin
cuarto de baño, por la única vía de la palangana que estaba sobre esa silla, y
que a veces debían vigilar a causa del suelo desparejo. Fue precisamente
aquella serie de pensamientos neutros, desconectados del drama de la fuga, lo
que le permitió penetrar con suavidad en cierta zona mal vigilada por la
angustia, la misma que suele abrirse a los que están velando a un ser querido,
evaporándoles las lágrimas.
En ese lampo vertiginoso entre el dolor y el olvido de la
causa, la volvió a revivir en aquellos momentos en que el tren nocturno se les
echaba encima de golpe estando ambos en la cama, y ella, por la fuerza de la
costumbre, se despertaba abrazándolo para sostenerlo. Entonces, y trasmitidas
por la locomotora, él sentía todas las vibraciones que pueden recorrer un
cuerpo femenino hecho de pequeñeces agregadas a la talla principal, como esos
muñecos que fabrican los chicos, por falta de madurez creadora.
Se sonó la nariz, tornó a leer el papelucho: “Me boy, siento
que hotro destino me yama. Si es para vien, no me hesperes nunca.” De pronto,
por obra y gracia del maldito tren que se acercaba, y los ladridos del perro
que decidiera quedarse, el hombre dio en mirar las paredes de lata donde se iba
a producir el mal de san vito de los colgados. Maldición. Ella se había llevado
como único equipaje los banderines de señales, que desde el primer momento
constituyeran su embeleso. No volvería más, pues, nunca más. Estaba todo dicho.
La sensación de cosa que ya no tiene remedio le alcanzó un golpecito de
condolencias en la espalda, comenzó a serenarlo con fórmulas de circunstancias.
Sí, se dijo sin esperar que alguien viniera a contárselo de afuera, una cierta
esperanza hubiese sido peor, algo para estirar la pena inútilmente. Vio aquella
cosa verde planear por breves instantes de uno a otro rincón y luego
desvanecerse en el aire con olor a soledad de la pieza, justo cuando el
combustible comenzaba a agotarse y la mecha de la lámpara a saltar como en una
sola pata.
Era ya casi de madrugada. Lo supo por el gallo, tan buen
marido, tan circunspecto en su dolor cuando ellos íbanle comiendo una a una las
gallinas. Que luego se acabaron, junto con el último grano de maíz. Y entonces
él quedó picoteando en el pozo que había practicado en busca de lombrices. Que
también se fueron terminando, pues. ¿Todo? No. Quedaron aún el perro y el
caballo, para los que siempre habrá algún resto aunque el hombre no coma.
Haciendo aquel balance, Juan sin mujer cayó en la cuenta que tenía muchas
pertenencias en el mundo. Hasta con la evasión del color de los banderines.
Pues qué cosa mejor que unos pedazos de diarios para los agujeros. Nunca se
supo que eso despertara la codicia de nadie...
El gallo
Iba y venía a su casa de hombre solo con esa filosofía del
espacio que comienza a provocar la cama cuando nadie incomoda ya, y uno puede
dormir a lo ancho, abriendo brazos y piernas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué?
La mugre que comienza a prenderse de las sartenes en ausencia de la mujer no es
tal cosa, sino grasa. Y la grasa curte el metal, mejorando las frituras. Su
finada madre siempre lo decía: Los ricos no saben lo que son los gustos de las
comidas, de tanto limpiar el c... de las ollas...
Aquella mañana, a pesar de cumplirse treinta días del
abandono, se levantó más alegre que nunca. El perro y el caballo le dieron ese
golpe de luz interior que no proviene de ninguna fuente lumínica, porque puede
sentírselo aun en medio de la noche. Miró hacia el sitio donde en general
pululaba el gallo ahondando pozos y no lo vio. Rayos, no lo había oído cantar,
era cierto. Ni tampoco defenderse de nada. Un bicho de esos es como una nación
cuando se conmueve. Por investigar la cosa, ensilló con toda la paciencia con
que se puede alargar el placer de hacerlo, montó y salió a recorrer el campo a
lo largo de la vía, seguido por el perro. Y allí, a una media legua más o
menos, lo vio, caminando quién sabría hacia dónde, como un hombre primitivo en
pos de las tierras fértiles, sin importársele ya de los recuerdos de aquellos
días de maíz, que luego se hicieron sólo migas de mantel, pero que eran algo. Y
que después, cuando a nadie se le hubiera ocurrido dejar migajas, se
transformaran en largas jornadas de lombrices, de más en más escasas, hasta
llegar a cero.
Cada vez se hallaba el hombre a menos distancia del animal,
que seguía la línea férrea como un sonámbulo en los pretiles. Iba ya a dos
pasos de su cola, cuando de pronto recapacitó. Pero no en simple dueño de un
gallo trashumante, sino de sí, de su propio libre albedrío llegado el caso de
largarse. Un gallo que se va porque se agotaron los pozos donde buscar
lombrices, pensó. Pero si era igual que un hombre hasta para marcharse sin
saber adónde, cuando la necesidad aprieta mucho y los días amanecen y se gastan
sin soltarnos prenda...
El perro
Y ya no más que temer. Al fin, las propiedades que se
pierden solas son las mejores, porque al menos expresaron su deslealtad
natural, no anduvieron con rodeos. Así lo estaba razonando todo junto al cerco
de la casilla, cuando, no ya por la sensibilidad plantar de la mujer, sino por
las orejas del perro, supo que venía el tren. Como siempre el animal empezó a
ensayar un avance con las patas de atrás, limándolas contra las piedras, a bien
de estar en buenas condiciones para correr junto al convoy algunos metros
ladrando a todo volumen. Las cosas habían principiado, pues, como siempre. De
pronto, y tal el que asiste a las situaciones fulminantes de los sueños,
pareció meterse por los ojos del hombre aquella imagen, el cocinero del tren
arrojando ciertos comestibles por la ventanilla. El perro, con el hambre
pudorosa que era el orden del día en la casa, dio sin embargo un vuelco moral
en el orgullo y agarró por los aires lo que se le venía. Pero el tipo, al cual
se le habrían echado a perder por alguna razón las provisiones, empezó a tirar
más y más cosas por la borda. Y así el animal largó lo que portaba en la boca
para ir por las siguientes, sin comerse ninguna y sin abandonar tampoco las
otras. A todo lo que alcanzaron sus ojos, el tren seguía descargando su vientre
descompuesto y el maldito perro agarra y deja las presas. Luego, ya no se vio
más nada.
Aguardó toda la tarde. No, un perro es el último ser
viviente que puede esperarse que nos traicione por el vislumbre de una nueva
abundancia. Sin embargo fue así, aunque no estuviera escrito. Es que en materia
de infidelidad puede sucedernos todo, dijo en la tarde vacía de resonancias,
hasta que el perro abandone también el lugar donde ni la mujer ni el gallo se
animaron a seguir tirando.
Era un final de jornada con anuncios visibles de tormenta. Y
fue agarrándose de aquella pequeñez de orden meteorológico que logró el mismo
escape de la primera noche sin mujer, en base a los pensamientos de escasa
importancia que revoloteaban en su aire. Cuando caían ya las primeras gotas, y
se vio por el color del cielo que aquello iba a ser cosa de agua y viento, ató
el caballo a la cerca lo más fuerte que pudo y penetró en la casilla, dispuesto
a saborear a plena conciencia su refinada soledad de hombre que ya no tendrá a
nadie por quien sacrificar las propias decisiones, aun la de abandonarlo todo
para los que se arrojan sobre bienes mostrencos.
-Maldita esclavitud -dijo encendiendo la lámpara -malditos
trastos acumulados. Uno pasa la mitad de la vida junta que junta. Y luego, un
día que quiere montar aunque sea en pelo y largarse no puede. A veces sólo
porque le dará cierto asco pensar que en el colchón donde se ha dormido vaya a
instalarse un pueblo de lagartijas.
El caballo
Esa noche el cielo se descolgó. Entre el silbido de las
locomotoras y el viento que arrancaba los pegotes de diarios de los agujeros,
se protagonizó un dúo salvaje que sólo le fue posible dominar echándose algo
fuerte en el estómago y metiendo la cabeza bajo las cobijas. Iba ya a soplar la
llama cuando un rayo brutal caído en la cantera próxima, y acompañado en su
resonancia por un chasquido como de resquebrajamiento, casi arrancó la
vivienda. Menos mal que dejara bien amarrado el caballo al cerco, pensó, porque
entreabrir nomás la puerta sería para salir por los aires con casilla y todo
como en un globo antiguo. Y el olor azufrado del aire lo fue tumbando de a poco
en el sueño.
A la mañana siguiente todo había quedado en silencio. Era,
cierto, una calma sospechosa de campo de batalla cuando el pelotón yace por
tierra. Abrió con ciertas aprensiones de sobreviviente único, miró en redondo.
El barro formaba alrededor de la casa una especie de compota negra que ni con
cinco días de sol iría a endurecerse. Notó, además, algo raro en su torno. Era
como un despertar en la habitación del amigo que ha llevado a dormir a su
compañero de beberajes después de una noche violenta. Hasta que de pronto hizo
pie en la realidad, viendo que no estaba más la cerca. Y bueno, un chisme así,
qué puede interesar después de tanta pérdida... Pero tampoco vio el caballo que
la había arrancado en la noche con su fuerza bruta exaltada por el espanto, a
la caída del rayo y al no poder reventar el cabestro.
El alambre
Sin el caballo y ni siquiera la cerca para tomarla de
trampolín, decidió escapar como pudiese de aquella masa movediza de lodo. De
vez en cuando alguna piedra sobresalida le permitía dar el salto y buscar otra
que sirviera de próximo apoyo. Hasta que logró advertir los hilos del alambrado
que lo separaban de la vía. Sólo uno, el de arriba. Los otros colgaban
reventados por las tensiones de la noche. Vio también que el alambre era de
púas, y lo fue tomando con grandes precauciones. Pero aun así resultaba difícil
eludir los pinchos, más juntos que lo que da el ancho de una mano. Además, cada
vez que intentaba preocuparse de disminuir el riesgo, o se hundía en el barro o
se agarraba con más fuerza del hilo, siempre dispuesto a recordarle el precio
del peaje. En uno de esos forcejeos cayó de espaldas. Fue una sensación
humillante de cucaracha accidentada, que lo enajenó de sus últimos vestigios de
orgullo humano. Incorporándose como pudo, volvió a prenderse con todas las
uñas, sin importarle ya las criminales rosetas del hilo. En medio de su dolor,
y por breves instantes de recuperación de la memoria, se le aparecían en el
aire cosas extrañas (el gallo que gira en la veleta, el perro, la mujer y el
caballo en una pista de circo), la mitad de una zona real y la otra en la de
las pesadillas. Pero era necesario por encima de todo aquello mantenerse en
forma ante las alternativas del barro y el alambre, un barro que seguiría
extendiéndose un buen trecho, pero un alambre que en determinado momento
pudiera estar cortado.
Fue cuando ya no acertaba si a continuar o caer de una vez,
y además su instinto le decía que algún próximo ferrocarril estaba por echarle
su aliento en la cara, que le ocurrió alumbrar una idea perdida en un recodo de
su existencia, cuando le arrojaron durante noches y noches una extraña
imploración contra cierto mal de niño que parecía querer llevárselo. Una mujer
cuya cara se hallaba oculta bajo toneladas de tiempo invocaba en aquel entonces
a alguien en la misma forma especial con que él lo estaba haciendo respecto a
la continuidad del alambre. Era más que extraño eso de haber perdido el final
del asunto, como una novela a la que le han arrancado la última página, pero
que en tal forma será el espejo de la propia vida que sobren los desenlaces. Un
remate como éste, por ejemplo, que se acabase ahora el hilo. El cruce de un
camino firme lo interrumpía al llegar al poste. Agarrándose a este último
sostén, el hombre vio pasar a cierta distancia el mundo desprevenido de
vehículos y gente a pie que se desplazaba. Iba ya a enrostrarles a gritos lo
que terminaban de hacerle, nada menos que interrumpir su trance evocativo,
cuando el misterioso ser aguantador de las arengas de la curandera, que quizás
se habría enfundado en el alambre, pareció cambiar de mensaje. Y él lo vio todo
de pronto, allí cerca, casi sin creerlo. Su mujer, de regreso de la aventura
estéril, venía en su dirección por la carretera, con el gallo flaco bajo el
brazo y la actitud de una madre que encuentra jugando junto al río al chico
perdido y lo trae a arreglar cuentas en la casa. Detrás, con las orejas gachas
y un mundo de experiencias incomunicables en la mirada, trotaba al sesgo el
perro. Era cuestión, pensó el hombre aun sin largar el poste, de salir ahora
los tres en busca del caballo, para volver a empezar el ciclo.
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