En una esquina de la ciudad había un local de objetos de
arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la
deidad budista Kannon, con la altura de una niña de doce años.
Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se
estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo
pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El
cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí.
De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que
hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con
ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos
inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica.
Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al
costado de la calle.
Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un
instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los
fragmentos de cerámica reluciente. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y
cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté.
Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante
posterior a la caída de Kannon.
Intenté una interpretación del sueño.
"Honra a la mujer tanto como a la más frágil
vasija." Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia con
frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una "frágil
vasija" y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha
del sueño.
Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho
de amar representa la caída de una muchacha. Es lo que yo pienso.
Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo
apresuradamente los fragmentos de su propia caída?
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