El agua del lago destellaba a la distancia. Con el color de
una fuente de agua estancada, en un viejo jardín, a la luz de la luna.
Los bosques en la lejana orilla se quemaban silenciosamente.
Las llamas se expandían mientras yo las observaba: Un bosque incendiado.
La llamarada corría a lo largo de la orilla como un juguete,
reflejada nítidamente en la superficie del agua. Multitudes ennegrecían la
colina, ascendiendo sin cesar por sus laderas.
Me di cuenta de que el aire que me circundaba era calmo y
claro, pero seco.
El sector del pueblo en la base de la colina era un mar de
fuego.
Una joven se separó de la multitud y descendió sola. Ella
era la única que bajaba por la ladera.
Curiosamente, era un mundo sin sonidos.
No pude soportar verla encaminarse directamente hacia el mar
de fuego.
Entonces, sin palabras, conversé con su interior.
-¿Por qué bajas por la colina sola? ¿Es para morir quemada?
-No quiero morir, pero tu casa queda hacia el Oeste y por
eso yo me dirijo hacia el Este.
Su imagen -un punto negro con el fondo de las llamas que
inundaban mis ojos- laceró mis pupilas. Me desperté
Las lagrimas se escurrían por mis sienes.
Ella había dicho que no quería ir hacia mi casa. Lo
comprendí. Todo lo que ella pensara estaba bien. Forzándome a ser racional, en
apariencia me había resignado a que sus sentimientos hacia mi se hubieran
enfriado; sin embargo, con obstinación quería imaginar, sin relación con la
joven real, que en algún lugar ella guardaba una brizna de sentimiento por mí.
Y si bien yo aparentaba desdén, secretamente deseaba que eso cobrara vida.
¿Significaba este sueño que en el fondo de mi corazón yo
sabia que ella no tenia el menor afecto por mí?
El sueño es expresión de mis emociones. Y sus emociones en
el sueño eran las que yo había creado para ella. Eran mías. En un sueño no hay
simulación ni fingimiento.
Me sentí desolado al pensarlo.
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